Entrevista

Marta Minujín:“No hay odio a los hombres”

La artista plástica más reconocida de la Argentina, es además una pionera que abrió todos los caminos posibles. 10|03|18

A  los diez años, ya sabía que era artista. A los doce, sus padres –de una familia tradicional porteña– “querían que fuera a un liceo, un secundario normal. Y yo, un año antes, di el ingreso sola a (la Escuela Nacional de) Bellas Artes y aprobé con diez. Dibujaba genial. Como empecé y me iba muy bien, no les quedó otra que aceptar, pero siempre fui la oveja negra de la familia. A los 16, me casé para emanciparme y después, sola, me fui a París”. Hizo un Partenón de libros prohibidos –que repitió en Alemania el año pasado, tres décadas más tarde–, un Obelisco de pan dulce, una mujer gigante.

Marta Minujín, la artista plástica más reconocida de la Argentina, es además una pionera que abrió todos los caminos posibles: nadie antes, como ella, se había convertido en amiga y compañera de Andy Warhol, ni había intervenido las calles porteñas con obras masivas que disfrutaron miles de personas, ni fue la representante femenina –aunque, claro, hubo otras– del Di Tella. Solo ella, con sus mamelucos, sus anteojos espejados, su pelo platinado y su mantra: ‘arte, arte, arte’.

“En primer año del secundario, en la Manuel Belgrano, aprendí todo: dibujo, grabados, escultura. Y al mismo tiempo, pasé por la Prilidiano Pueyrredón, y fui de oyente a Arquitectura, a Filosofía. Hacía de todo. Leía como una loca. Caminaba a las 6 de la mañana a La Cárcova, después a la otra escuela y volvía a las once de la noche. En mi casa, pasaba desapercibida. Lo cuidaban a mi hermano que estaba enfermo de leucemia. Yo me vestía de negro y era punk. Tuve suerte, porque ahí, en la calle, me gané una beca. Romero Brest me vio haciendo manchas en La Boca. Me dieron un vuelo a París, duraba dos días con escalas. Pero me fui. Tenía 16 años”. 

Todo el relato, que hoy podría resultar natural si se mira con una perspectiva actual, era casi impensada para la sociedad porteña de fines de los años cincuenta. “Para emanciparme, tuve que falsificar la edad, me casé con mi marido (el economista Juan Gómez Sabaini, con quien está casada desde hace casi cincuenta años) y él se quedó en Buenos Aires. Era estudiante de Economía, y yo me fui. Alquilé en París un galpón gigante, sin baño y sin calefacción. No me importaba. Me hice una carpa para dormir adentro. Buscaba colchones por la calle, y ahí surgió la obra de los colchones (N. de R.: que repitió luego en otro formato en Nueva York en 2008). Todo antes de los 21, cuando en Argentina recién eras mayor de edad. En Francia me pasaron las cosas más increíbles: conocí a Italo Calvino, a Julio Cortázar, a Alejandra Pizarnik. Toda Latinoamérica estaba en ese París y era toda amiga. A los 22 volví. Me gané el premio Di Tella. Y ahí arrancó todo”, relata casi sin respirar.

Pero el camino no fue fácil. “Sufría y lloraba, porque mi casa era confortable, cómoda. Hablaba con mi papá y le decía ‘Extraño bañarme en casa’, porque me bañaba en las mezquitas con las mujeres turcas y árabes. Para ir al baño, tenía que ir a la esquina. Bajaba corriendo las escaleras. Siempre, todo, por el arte. Lo único que me hace seguir viviendo es lo que hago. Siempre tengo sueños”, dice, rotunda.

Para la joven artista que se abría paso, y que vio todo a su paso –el Mayo francés, la Nueva York de los hippies, la vanguardia porteña con el Di Tella como emblema–, el movimiento de las mujeres la motiva, la entusiasma. “A todo lo que está pasando lo veo genial. El tema de los abortos clandestinos es terrible. Y es terrible también la falta de educación sexual. Hoy, acá, la mayoría de la gente es libre. Pero falta educación sexual”, remarca. “Cuando empezó el amor libre, en la Nueva York de los hippies, todo el mundo hacía el amor con todo el mundo. Después empieza el SIDA y se volvieron todos monógamos. Y ahora es toda una revolución sexual brutal. La gente, por suerte, hace lo que quiere. Hay gente buena, y también gente mala, que se mete ahí y tiene valores del Medievo. La mayoría de la gente es libre, pero la pastilla anticonceptiva es cara y no la toma”, agrega.

Con esperanza mira la marcha multitudinaria del jueves 8: “Lo que pasó es extraordinario. Extraordinario”, repite. Y suma: “Hay que seguir, porque se matan más mujeres que antes, hay mucha droga y locura, hay mucho odio al sexo opuesto... porque al mismo tiempo que empieza el transgénero –es decir, asumir que no hay solo dos géneros sino varios, algo que es tan interesante– por el otro lado está la gente que odia al transgénero y odia a las mujeres. No hay odio a los hombres”. Y sugiere algo que notó en Nueva York: “Ahora, en los hoteles –no los más lujosos, pero sí en una gran parte de los más accesibles– los que hacen las habitaciones son hombres, porque es más barato”. “Aunque no querés dejar la ropa interior colgada, ¿no?”, ríe. “Sería genial que sean ellos y no  ellas las que siempre limpien los baños”, remata. 



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