Ernesto calvo, politologo

“La posverdad en Argentina es un poroto, comparada con la de los Estados Unidos de Trump”

Para el docente de la Universidad de Maryland, manipular información puede ser una estrategia política, pero casos como Cabezas o Nisman cambian todo. cambiar todo. Domingo 13 de Agosto de 2017 06:48 hs.

En una charla exclusiva con PERFIL, el politólogo argentino Ernesto Calvo, investigador y docente de Estadística Política y Política Comparada en la Universidad de Maryland de Estados Unidos, analizó los cambios que se produjeron con el desarrollo de las redes sociales, la forma en que los nuevos medios arengan una polarización entre grupos sociales, y el modo en que se redefinen las agendas mediáticas y el periodismo. Dice que la “MacDonaldización” informativa que va detrás de votos de usuarios, es una pérdida para la democracia, y que la posverdad es simbólicamente una violación donde el goce pasa por mostrar un poder sobre el otro. Nombres nuevos, prácticas repetidas. El experto también habla de las “fake news” nazis y Trump como ejemplos de impunidad comunicacional; de las muertes de Alberto Nisman y Cabezas como transgresión institucional del poder político en una Justicia que sigue en conflicto. Verdades, mentiras y modelos, en un escenario donde no prevalece el contenido sino la emocionalidad. La retórica al palo. Aristóteles tenía razón.

—Usted vino a dar una charla sobre noticias al Centro Cultural de la Ciencia, invitado por la Fundación Sadovsky, ¿por qué?, ¿qué relación hay entre conocimiento, noticias y discursos políticos?

—El espacio que define lo público y lo privado es el punto en común entre el uso de las redes sociales y la comunicación política, básicamente porque estas tecnologías aparecen como lugar de comunicación privada donde los usuarios expresan relaciones de afecto con otros usuarios. En las redes sociales, ciencia, cultura y discursos políticos no están separados, sino integrados a diálogos vitales de la gente para indicar su posición en el mundo. Los enunciados científicos son votados y replicados en las páginas web y muros digitales por el vínculo que expresan, y no tanto por la información o el conocimiento que difunden. La emocionalidad es motor de comunicación. Los enunciados buscan transmitir una ligazón afectiva; lo cual marca un viraje en la discusión epistemológica de hace 20 años, cuando el diálogo apuntaba a un contenido entendible, aceptado y validado por los pares.

—Desde la neurociencia se argumenta que la toma de decisiones se define por una variable emocional, ¿eso también legitima los discursos políticos?

—Sí, y quienes venimos de una corriente de estudio más cuantificable debemos repensar el fenómeno político de masas para entender qué está ocurriendo a nivel afectivo. Las noticias vienen a través de un amigo que mandó un link al diario. La información vuelve a estar mediatizada por grupos unidos a una carga afectiva, y eso obliga a cambiar preconceptos sobre la forma en que se instalan las noticias, cómo se comunican y qué hace a un enunciado válido.

—¿En qué ha cambiado el uso de los medios en la construcción social de la política?

—Menos de lo que se pensó con el surgimiento de las redes, como espacio desregulado y democratizado al que se sumarían múltiples voces. Todavía hay un alto nivel de concentración de medios dominantes, aunque también hay mayor capacidad de respuesta a las noticias en tiempo real. Eso exige a los editores ajustar la agenda a la respuesta de los votantes. Y al haber mayor conocimiento de sus gustos, se redefine la redacción y el diseño de agenda. Otro cambio que repercute en la tarea periodística es la reducción de costos de producción informativa en las redes sociales, que hace menos competitivos a muchos medios.

MacDonaldización. Noticias “a la carta” es parte del nuevo escenario periodístico y un riesgo, si se lo considera un valor único. “La MacDonaldización del periodismo en las redes sociales va hacia una tragedia dentro y fuera del oficio, especialmente para quienes creemos en esa tarea clave para la democracia. Los macperiodistas que se dejan llevar por los incentivos de los votos son una pérdida”, destacó el politólogo al hablar de un límite en la tarea informativa.

—En su libro “Anatomía política de Twitter en Argentina” dice que ese espacio mediático refleja la polarización y la recrea. ¿Considera que Twitter es a la posverdad lo que la TV fue a la videopolítica?

—Pienso en EE.UU. de 1850 a 1860, antes de la guerra civil, cuando había panoramas antagónicos. Los periódicos de esa época tienen similitudes con la actualidad, como si estuviéramos leyendo Twitter. Abundan noticias falsas, chicana política e insultos de formas similares, acentúan la tirria entre bandos políticos. Las redes están mandadas a hacer actuar esa polarización, al procesar la información y reproducirla.

Posverdad y redes. La posverdad se legitima como verdad por quienes mienten y por quienes creen. “La posverdad” usa un enunciado falso al servicio del poder político para satisfacer su mandato. Es un cinismo con validez política para violentar al otro. Simbólicamente se equipara a una violación, donde prevalece el goce de ejercer un poder sobre el otro al transgredir su cuerpo. En las redes sociales hay una parte del grupo que enuncia una no-verdad, con pleno conocimiento de lo que hace, y otra parte que cree en esa verdad. Quien actúa cínicamente está dentro de la posverdad, sabe que miente, se regodea, disfruta. Y quien cree en la no-verdad reproduce noticias falsas. Entonces el problema no es de falso o verdadero, sino de bullying. Hay un uso sistemático de la falsedad en el ejercicio del poder para maltratar al otro, para ejercer violencia.

Posverdad, Trump y nazismo. “Cuando Trump dice: ‘Hillary Clinton perdió y los tres millones de votos que obtuvo por encima mío son votos de ilegales que fueron llevados a votar pero no votaron por ella’, sabe que al decirlo al otro le sube el pulso. Lo hace para cachetearlo e indicarle que él tiene poder. Ese es el mejor ejemplo de posverdad. El nazismo hizo algo similar con las “fake news” (noticias falsas, en castellano), también los diarios con Lincoln entre 1850-1860 o el supremacismo blanco en Estados Unidos, que ahora retoma Trump”, agregó el experto en política.

Grieta y narrativa. Prevalece una disputa por la narrativa, como ocurría en Estados Unidos antes de Trump. “El nivel de violencia informativa en EE.UU. es superior al de Argentina, incluso durante uno de los períodos más virulentos con la muerte de (Alberto) Nisman, cuando hubo un fuerte choque de narrativas y la polarización representó a dos países en conflicto. Esa época fue al estilo de Lincoln donde el planteo era ‘uno u otro’, la idea de que ninguno de los dos países sobreviviría si el otro sobrevive. Acá un grupo dice ‘las cosas son así’ y ejerce su propuesta, luego otro grupo dice ‘las cosas son así’ y hace lo mismo. Esa lucha es grieta de narrativas donde hay abuso de poder de los medios por parte de la política, pero el nivel de violencia comunicacional es diferente. En Estados Unidos el objetivo de insertar la narrativa es violentar a los de otros grupos y las disputas por la narrativa fueron antes de Trump”, señaló.

Impunidad comunicacional e impunidad institucional. En los casos Nisman o Cabezas hubo tensiones y conflictos entre política y Justicia que traspasaron la impunidad comunicacional e institucional. “En la política, la Justicia o en el mercado laboral mismo, hay un abuso sistemático de poder y una transgresión institucional constante. En Argentina, esos dos casos muestran que la impunidad ha sido y es un problema, donde la política y la Justicia señalan un ejercicio simbólico del abuso de poder por parte del grupo dominante ante el otro grupo”, concluyó Calvo.



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