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a 15 años

La muerte de Pocho Lepratti: el principio del fin de la Alianza

En el fin del gobierno de De la Rúa, el crimen del militante de izquierda inició una escalada de violencia en todo el país. ¿Cómo siguió la vida de sus familiares y qué pasó con los victimarios? Domingo 18 de Diciembre de 2016 02:32 hs.

Mañana, 19 de diciembre, se cumplen 15 años del crimen de Pocho Lepratti, militante popular asesinado por la policía rosarina en la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001.

“Cristiano revolucionario”, como él mismo se definía, Pocho cruzaba todos los días la ciudad de Rosario en bicicleta, desde el barrio Ludueña, donde vivía y sembraba amor a pibes en situación de vulnerabilidad, hacia Las Flores, el barrio en el que está la escuela donde trabajaba como ayudante de cocina. Fue justamente trabajando y sirviendo a los demás que lo mataron cuando, en uno de esos días revueltos y feroces que atravesaba nuestro país a fines de 2001, un patrullero llegó a la zona de la escuela donde él trabajaba con la decisión de reprimir. El subió al techo de la institución junto con un profesor de matemáticas y dos compañeras del comedor y les pidió a los policías que no dispararan, que adentro no había más que pibes comiendo. Fue en ese momento, entre gritos y puteadas, que recibió un disparo y una bala de plomo le perforó la tráquea dejándolo sin vida.

Intentaron callarlo, creyeron que llenándole la garganta de plomo su grito ya no se escucharía por las calles de Rosario. Pensaron que matándolo quizá su figura ya no tendría el efecto transformador en la realidad de los barrios de la ciudad. Pero se equivocaron, ese día, sin quererlo, crearon un mártir, y su espíritu noble y su compromiso de lucha se esparcieron por toda la ciudad como una epidemia de hormigas.

Santa Fe fue la provincia con el número más alto de víctimas fatales en relación con la cantidad de habitantes en la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001. Fueron nueve muertos en la provincia, siete de ellos asesinados por la policía. Sólo hubo dos policías condenados, uno de ellos Esteban Velázquez, el hombre que disparó la bala que terminó con la vida de Pocho. Fue condenado a 14 años de prisión, pena que no cumplió en la cárcel de manera completa. Hoy tiene un puesto de hamburguesas en Arroyo Seco, en las afueras de Rosario. Es militante del Pro en Arroyo Seco, trabajó en la última campaña electoral y fue fiscal del Pro en las elecciones pasadas.

El caso de Lepratti fue el único de todos los crímenes sucedidos en esas trágicas jornadas de diciembre en el que se abrió una causa para investigar el encubrimiento policial. Por más que se investigó a menos policías de los involucrados, se logró condenar a cinco de once: Roberto de la Torre, Rubén Darío Pérez, Marcelo Fabián Arrúa, Carlos Alberto de Souza y Daniel Horacio Braza (fallecido en 2011). Sin embargo, unos años después, la Cámara Penal los sobreseyó entendiendo que no había pruebas suficientes. En 2015, la Corte Suprema de la provincia revocó el fallo de la Cámara Penal y ratificó el del juez Julio César García, dejando firmes las condenas de estos policías, que finalmente no las cumplieron en prisión. Una vez más, los de más arriba no sufrieron consecuencias; el comisario José Manuel Maldonado, por entonces titular de la División Judiciales, señalado como el principal responsable del encubrimiento, no fue ni siquiera llamado a declarar. El fue el que firmó la documentación adulterada sobre la causa que luego se elevó a la Justicia.

Familiares. La semana pasada, durante los días 9 y 10 de diciembre, se realizó en Rosario el tercer encuentro nacional de familiares de víctimas y heridos en diciembre de 2001 de distintos lugares del país, donde acordaron ir en búsqueda de la elevación de las causas a un fuero internacional para que se juzgue a quienes consideran los responsables políticos, con Carlos Reutemann, gobernador de Santa Fe en 2001, y Fernando de la Rúa, presidente de la Nación, a la cabeza. Allí estuvo la madre de Pocho, Dalis Bel. “Pasaron 15 años y el dolor es siempre igual. Desde que pasó hasta que yo deje de existir va a ser igual, nada va a cambiar. Igual es lindo encontrarse, escuchar cómo viven y qué sienten otros familiares, eso ayuda. A veces me despierto de noche y me parece que no pasó nada, creo que es un sueño. Todos los días me acuerdo de él. Tiene once sobrinos y no pudo conocer a ninguno”, dijo con la voz quebrada al ser entrevistada por radio La Hormiga, que funciona en la Biblioteca Popular Pocho Lepratti en Rosario.

“Más allá de que entendemos que no habría condenas para los responsables políticos en un fuero internacional, sí marcaría un precedente y puede haber una sanción para los gobiernos”, explica Celeste Lepratti, hermana de Pocho. A Celeste también se le agrieta la voz cuando recuerda a su hermano. “A veces las preguntas más simples son las más difíciles de responder”, dice Celeste cuando las preguntas van más por el lado de la relación con su hermano y no por el de la causa, las exigencias o los homenajes.

Huellas. Celeste se fue a vivir a Rosario en 2005, al año siguiente de que su padre, Orlando Lepratti, falleciera luego de un paro cardíaco horas después de haber regresado de Rosario del acto por el tercer aniversario de la muerte de su hijo. En un principio fue Orlando quien tomó las banderas de justicia por Pocho, pero una vez que murió, Celeste se hizo cargo de un reclamo que sigue en pie hasta el día de hoy. Actualmente Celeste, además de docente en escuelas secundarias, es concejala de Rosario por el Frente Social y Popular y presidenta de la comisión de derechos humanos del Concejo Municipal de Rosario.

“El asesinato de Pocho nos cambió la vida a muchos. A partir de ese momento fuimos tomando decisiones. Algunas tuvieron que ver con involucrarnos, sumarnos al camino de justicia, memoria y búsqueda de la verdad. Pocho nos dejó una invitación”, explica Celeste.

El día del asesinato de Pocho, sonó el teléfono en la casa de la familia Lepratti en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Llamaban de la escuela donde trabajaba Pocho para darles la peor noticia. Unos minutos más tarde, prendieron la televisión y Jorge Lanata contaba en su programa quién era Pocho Lepratti, uno de los muertos en Rosario.

Quién era. Claudio “Pocho” Lepratti fue asesinado en la Escuela Nº 756 José M. Serrano, en el Barrio Las Flores, donde trabajaba como ayudante de cocina. Nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, el 27 de febrero de 1966. Era el mayor de seis hermanos. Hizo la primaria en la Escuela Nº 30 de Concepción del Uruguay y la secundaria en el Colegio Santa Teresita, perteneciente a la orden salesiana. Con los años siguió vinculado con los salesianos, y una vez que abandonó la carrera de Derecho que estudiaba en la Universidad Nacional del Litoral, entró al Seminario Ceferino Namuncurá de Funes, Santa Fe.

Fue cuando abandonó el seminario que llegó a Rosario. Allí se asentó en el barrio de Ludueña para dar clases de Teología en la escuela del padre Edgardo Montaldo y coordinar talleres para niños. “Pocho consagró su vida a chicos que corrían el peligro de perder sus sueños”, dijo el padre Edgardo Montaldo en Sueños alados, un documental sobre la obra de Pocho Lepratti en el barrio Ludueña.

En Ludueña, Pocho realizaba distintas actividades por y con los pibes del barrio. Armó la revista El ángel de lata y formó varios grupos de jóvenes como La Vagancia, el primero de todos y el más recordado. “La Vagancia era un grupo de jóvenes que nos juntábamos para hacer cosas porque no había actividades ni propuestas para los adolescentes y los jóvenes en la villa. Entonces nos empezamos a juntar, primero para ir a algún campamento, para ir a La Florida los domingos, hacer tortas fritas, tomar mate y charlar”, explicó Pocho en un documental sobre el colectivo que él mismo encargó y, hace unos pocos años, sus realizadores lo digitalizaron y lo subieron a internet.

Nosotros. “El ‘nosotros’ de Pocho era un nosotros mucho pero mucho más grande que el que podamos pensar y recorrer en auto o en tren. Era un nosotros como de doscientos idiomas, mil religiones, y millones de fiestas de cumpleaños y pesebres”, escribió Gustavo Martínez, amigo y compañero de militancia en ATE , en el prólogo del libro ¡Pocho Vive!

“Hay que pasar el invierno, el invierno eterno no existe. Si despertamos, se va. Podemos y debemos construir la primavera”, solía gritar Pocho desde su bicicleta. Le dispararon en la garganta para intentar callarlo, pero no pudieron borrar el camino que dejó marcado con sus huellas por las calles de Rosario. No hay dudas de que el invierno eterno no existe, la primavera llegará y ojalá venga acompañada de justicia por Pocho y todos los asesinados y asesinadas en diciembre de 2001.


Federico Frau Barros


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