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Cómo convertir en arte lo que para todos es simple basura

Para el artista, “todo sirve y todo tiene historia”. Por eso, transforma vidrios, plásticos y restos de escombros en elementos decorativos, trajes u objetos con formas de la naturaleza. Vive en el Palacio de las Artes, en Belgrano. Ver fotogalería Sábado 25 de Febrero de 2017 01:46 hs.

Edgardo Nelson Rodríguez dice que trabaja con el “todo sirve” y para conocer su obra existen dos caminos posibles: desde la página web que tiene de dominio su nombre y desde el Palacio de las Artes en donde vive en Belgrano, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Su sitio en internet aparece primero en las búsquedas de Google, una plantilla web organizada con una fotografía central bajo el eslógan “Arte con desechos. ENR (sus iniciales). Artista plástico” que cambia entre una imagen de él, de sus piezas de arte y de algunas exposiciones en las que participó. Además, intervenida por un fondo compuesto con detalles de sus obras y una barra de varios hipervínculos que intentan ordenar su quehacer profesional de los últimos veinte años.

Su domicilio, el Palacio, es un edificio de dos torres con fachada de estilo toscano de ladrillos en rojo, yeso claro, y de cuatro pisos con un subsuelo situado en la esquina de las calles Zapiola y Mendoza.

Tarjeta. “Si con esta descripción no es suficiente, te doy mi tarjeta personal”, dice de un rectángulo de papel impreso a color de ocho por cinco centímetros, mientras está sentado frente a mí en Wappo, Deli Café, el bar de la torre sobre Zapiola. El dorso de la tarjeta tiene una fotografía de un ojo y el reverso es de fondo negro con los datos de contacto y el concepto de su trabajo.

Edgardo continúa con su presentación mientras mueve la mano izquierda y señala con el dedo índice una rana colgada en una pared de la confitería: “La edificación entera está decorada por dentro y por fuera, son todas formas de la naturaleza en mil colores y todas las hice yo. Mi obra tiene algo intrínseco”.

—¿El arte no es así, con sentido intrínseco?

—Al ver la fachada de la torre sobre la calle Mendoza encontrás la respuesta. La decoración está hecha con azulejos de distintos colores y molduras con formas de caras que compré de casas que estaban a punto de la demolición, pero también está el Gauchito Gil.

Edgardo cree en lo que hace porque, según él, todo tiene historia. Se considera observador del pasado y de lo contemporáneo, no un copista de la realidad. Para esto, ya existe la fotografía, dice.

Físicamente se parece a Litto Nebbia, pero es delgado y tiene unos cuantos centímetros de más. Es un hombre de 74 años con cabello cano, largo, atado en una colita baja; con cejas tupidas y bigote del mismo color de su pelo; y que viste camisas y pantalones holgados.

Tiene dos hijos fruto de su primera pareja, Dagoberto Rodríguez y Solange Guez, y con ambos trabaja: con él en una empresa constructora que, según explica, le da de vivir; con ella en el Palacio; y con los dos en un nuevo espacio a estrenarse llamado Tacha (Trash Art Center and Humboldt Apart), en Chacarita.

“Hace unos años me di cuenta de que debía trabajar con lo que tira la gente”, amplía. Es por eso que se identifica su arte de manera tan particular. “Vidrios, plásticos, restos de escombros, cartón, maderas y bolsas reutilizadas y ensambladas de manera que pierdan su forma material para volverse parte de algo nuevo para expresar algo o al menos para adornar un espacio”.

***

Dos mujeres petisas, una de cabello gris y otra de rubio de peluquería, con anteojos de sol, vestidas con pantalones capri color beige y remera ajustada, caminan por la vereda de la calle Mendoza. La que va del lado de los edificios agarra el brazo de la que camina a su izquierda:

—Che, ¿viste esto? –apunta la rubia y frena sus pasos al tiempo que provoca lo mismo en la otra. 

—No. ¡Qué llamativo!

Ambas pegan su cara contra la vidriera al lado de la puerta de madera de doble hoja que indica la altura de casa de Edgardo. Detrás del vidrio se ven diferentes piezas de arte: sobre un piso de cemento están dispersos varios cabezales de plástico que representan la cara de animales como pájaros, ranas y peces; y en el aire hay piezas una al lado de la otra, colgadas de un tubo plateado, con el mismo tratamiento. Todo en una paleta de colores cálidos o de diferentes tonalidades de un mismo pigmento.

—¿No te parece maravilloso? Es arte con desechos. El tipo trabaja con plásticos y los pinta –dice la primera.

La segunda acomoda los ojos como para entender lo que ve porque entre el reflejo en el vidrio por la luz del sol de la tarde y la desorganización de las piezas adentro, suspira por desentendimiento, por cansancio o tal vez por ambas. Separa la cara y busca referencias informativas. Sólo hay un cartel blanco con una descripción en negro de diez por cinco centímetros pegado con tres cuadrados de azulejo blanco: “Edgardo Nelson Rodríguez. Obras realizadas con plástico de botellas recicladas. Para visitar el Show Room ingrese por Zapiola 2196 de martes a viernes de 14 a 19”.

***

Declarado Patrimonio Urbano y Patrimonio Arqueológico y Paleontológico en 2001 por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el Palacio de las Artes es un lugar que cumple las funciones de museo, galería, bar, domicilio particular y oficinas.

Al principio no estaba previsto el destino de la edificación, recuerda Solange Guez. La casa fue descubierta por su papá, Edgardo y su hermano Dagoberto, quienes buscaban un espacio para construir y encontraron esta esquina que les dio curiosidad conocer. 

Según dice el libro de invitados del lugar (un cuaderno de peso con hojas blancas lisas y de tapa de cuero marrón con los años 1912-2012 impresos en bajo relieve), era una edificación de toda una manzana construida en 1912 por el doctor Ernesto J. Manent, funcionario de lo que antes se llamaba “Ferrocarril Poblador”, ferrocarril Buenos Aires-Rosario; luego pasó a las manos del Dr. W. H. McLean; y finalmente propiedad de los Rodríguez en el 95. 

“Fue una gran oportunidad porque el precio y la inmobiliaria que la tenía a la venta facilitaron la compra”, cuenta Solange. El pago fue la mitad de lo que valía en su momento el recinto de casi doscientos metros cuadrados. 

Después, en enero de 2001, al realizarse una ampliación del sótano, se descubrió un brocal de aljibe, continúa el libro: “Intervienen los arqueólogos de la Universidad de Buenos Aires que según sus estudios deducen que pertenecía a un puesto de Juan Manuel de Rosas. El edificio cuenta con museo del sitio con objetos extraídos del terreno del aljibe (un armario de madera que se encuentra escaleras abajo yendo al sótano con seis estantes y con puerta de doble hoja que tiene algunos carteles pequeños con descripción de una línea y detrás de ellos huesos, fotos, papeles y piedras)”. 

Padre e hija entonces, con la declaración de la imposibilidad de destrucción del edificio a partir del hallazgo, creyeron indispensable transformar el espacio que tiene más de 100 años en un punto de referencia cultural zonal abierto al público en general. Primero por un desafío personal, para poner en jaque al belgranense, dice Solange; y segundo, para que se sostenga económicamente ya que, por lo general, las galerías de arte no perduran en el tiempo.

Pasaron veinte años de la compra y hoy se encuentra dividido en dos espacios delimitados sólo por una puerta de madera. Por un lado, el ala izquierda en Zapiola por la torre convertida en una casa vital de cuatro pisos en los que se distribuyen oficinas de agencias de diseño y publicidad, el primer piso con la galería “Ojitos: Arte contemporáneo para niños” curado por Solange; la planta baja ocupada por el bar “Wappo”; y el sótano donde está el museo, el aljibe y los sanitarios. Y por el otro lado, el ala derecha por la torre devenida en casa de Edgardo donde también se encuentra el taller y el showroom. 

“La cuestión está en que el lugar mantenga la idea de ser un proyecto cultural. Estoy segura que hubiera sido más fácil si se lo alquilábamos como consultorios externos al Hospital Italiano. Pero no quisimos”.

***

La forma de trabajar de Edgardo varía constantemente. No hay un día igual. No se ata a nada porque necesita libertad de creación porque su misión, dice, es la de ser una especie de evangelizador que a través del arte y la palabra motive a los demás a sacar al niño interno que todos llevan adentro. 

Su arte entonces debe propagarse. Por esto resulta imposible concebir su obra sin Solange, que cumple tareas como las de ser su comunicadora, su curadora y quién le permite a él relacionarse con la gente. Una tarea grande y silenciosa, remarca el artista. 

“Nada fácil porque los artistas tienen su narcisismo y mi papá tiene uno importante. Trabajo con la confianza como plataforma de libertad ya que él cree en mi trabajo y eso nos beneficia a ambos. La idea es que se pueda visualizar todo lo que él hace desde su taller”, considera Solange, que también es la galerista del Palacio o, como a ella le gusta llamarse, “gestora cultural”.

En busca de la expansión, Solange apostó y aplicó por el aporte económico que ofrece Mecenazgo (régimen de Promoción Cultural del Gobierno de la Ciudad que consiste en la presentación de proyectos culturales para recibir aportes con el objeto de financiar su realización). Así logró conseguir el presupuesto para desarrollar en serie una especie de traje que estaba realizando su padre.

Edgardo ya había confeccionado unos prototipos llamados “Guardianes de la tierra” que se exhibieron en lugares como el Palais de Glace, La Rural, la Plaza de la Flor y en varias exposiciones de Espacios Verdes. Aunque esto era diferente, el artista quería que cobraran vida. 

Solange convocó entonces a las personas que conocía a armar la Comparsa de los Artistas: un espacio donde serían bienvenidos todos aquellos que quisieran integrar un conjunto de música popular para danzar, cantar y tocar estos ritmos vistiendo los trajes de Edgardo.  

Para la creación de esos disfraces de animales multicolores y trabajados con plásticos reciclados se necesitaron al menos cinco meses de seis a ocho horas diarias y se vieron plasmados en un evento llamado “Viví Belgrano R” el sábado 19 de noviembre del año pasado en la cuadra en donde está el Palacio.

Empecé a trabajar con Edgardo de pura casualidad hace un año y medio –cuenta Beatriz Jordi–. Necesitaba una persona para hacer unos disfraces que tenían que ser cosidos a una camisa. Me gustó la idea y a medida que pasó el tiempo me gustó la manera en que trabaja”. 

Es una persona que da muchísima libertad para trabajar, describe Beatriz que siempre se dedicó a la confección de prendas de manera industrial y particular pero jamás con materiales reciclables. 

Para la comparsa debieron realizar retoques sobre lo que eran los prototipos viejos para que las personas no se lastimaran al usarlos y, por esto, hubo una prueba de vestuario en Espacio El Tambor, en Tigre, con el grupo de percusionistas que también participaron en la celebración pasada.

“Fue una experiencia increíble”, recuerda la modista que también trabajó en el traje de león de Edgardo que vestirá hoy junto a la Comparsa en las llamadas de los carnavales porteños en el Corso de La Paternal.

***

“No sólo es un lugar sino un destino finalmente que se me ofreció y se volvió de esta manera”, dice Edgardo, reclinado sobre la silla del bar, sobre su domicilio que asegura haberlo encontrado por error. 

Sin embargo, cree que todo lo que le pasó en su vida lo llevó a este momento, en el que puede ser profesional y artista plástico al mismo tiempo. En ese espacio de dos pisos en el que vive, su obra está por todos lados porque todo está en todo. 

En la planta alta existe una unión entre su escritorio plagado de libros, papeles, fotos, recuerdos y armarios con ropa, dibujos y banderas; y su cuarto en suite que también está repleto de pequeñas imágenes santas (La Virgen, San Cayetano y el Gauchito Gil) perdidas entre frascos vacíos, pinturas en las paredes, fotos, adornos y piezas de su obra en los rincones. 

En la planta baja el showroom, el taller, la cocina y el living integrados. Lo primero, su sala de exposición, un espacio rectangular colmado de piezas multicolores y multiformes. 

Lo segundo, el taller, un lugar reducido con una mesa de madera en forma de “L”  cubierta de papel de diario porque encima hay obras a medio hacer, pinturas y pinceles desparramados; un armario donde hay alrededor de cien témperas y otros varios estantes por otros rincones; plantas que cuelgan del techo y que se mezclan con plásticos trabajados y pintados; cajas de cartón con materiales aún sin intervenir; y ornamentos de barro en un pequeño altar sobre el suelo.
Además, la cocina que integrada a ese espacio no tiene adornos pero está abarrotada de frascos y armarios blancos que sólo logran separarse de lo que sería el living por una mesada de mármol color negra. 

Por último, la sala de estar, un espacio rectangular que tiene una pared en la que cuelgan infinitas máscaras, caras de animales en cerámica, tazas y adornos de todo tipo y color; una mesada cubierta por papeles y una computadora sobre un escritorio.

—¿Tenés algún lugar donde poder descansar?

—En mi casa no existe. Es todo lo que ves. Sólo trabajo y duermo.

Maria Florencia Martin Esper


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