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LIBRO / El hijo de Pablo Escobar contra las narcoficciones

Ese no era mi padre

Juan Pablo Escobar reconstruye el día a día de su padre, que lideró el sanguinario Cartel de Medellín hasta su muerte, en 1993, y dedica un capítulo entero a cuestionar la veracidad de las ficciones que retratan al jefe narco colombiano. En particular, lamenta que Netflix haya declinado utilizar sus archivos y memorias para Narcos y haya preferido el testimonio de un agente de la DEA que nunca lo conoció. Domingo 19 de Febrero de 2017 00:52 hs.
Es indiscutible el éxito mundial de las llamadas narcoseries o narconovelas que relatan historias sobre mi padre y muchos otros personajes del narcotráfico internacional.
 Hace tiempo las grandes casas productoras de cine y televisión detectaron la fascinación que despiertan las ejecutorias de esos criminales, pero no previeron que en torno a ellos se está creando una nueva cultura, alejada de todos los valores.

No me opongo a la proliferación de las producciones sobre mi padre, pero sí manifiesto mi inconformidad con aquellos que con el pretexto de mezclar fantasía con realidad han logrado construir un mensaje implícito que incita a la juventud a pensar que ser narco es muy cool. Pero no sólo eso. También se hace creer que el dinero mal habido está rodeado de cierto encanto y por ello muchos incautos quieren repetir la historia de mi padre, porque ven a un hombre todopoderoso que nunca pierde, que nunca sufre ni la pasa mal. Lo que han logrado es reflejar experiencias contrarias a las que yo presencié, porque ése es un mundo en el que se sobrevive a sangre y fuego y pisoteando a muchas personas.

El impacto de las producciones relacionadas con mi padre es de tal dimensión que empecé a recibir mensajes de jóvenes de algunos países del continente africano como Kenia y Marruecos, o de otras latitudes como Filipinas, Rusia, Turquía, Afganistán, Irán y Palestina, pero también de países de América Latina como México, Guatemala, Perú, Argentina, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela, en los que esencialmente me decían: “Quiero ser narco como el de la serie”, “Ayúdame a ser narco”.

Por supuesto que a todos les aconsejé lo contrario y les dije que no vendía entradas a ese mundo oscuro. Y me preocupé más porque juraban saber todo sobre mi padre por haber visto Narcos, Pablo Escobar, el patrón del mal, El cartel de los sapos, Sin tetas no hay paraíso, La reina del sur, El señor de los cielos y un sinfín de películas con grandes estrellas como Benicio del Toro en la producción más absurda sobre mi padre llamada Escobar Paradise Lost.

No obstante, me he esforzado en mostrar que el camino recorrido por mi padre, es justamente el contrario al que debemos tomar las personas de bien, lo que han logrado las narcoseries es hacer ver a mi padre como una especie de nuevo “superhéroe” de la historia reciente. La peligrosa mezcla de imágenes reales de la violencia de hace dos décadas y extractos de noticieros, les agregan a esos productos televisivos una supuesta dosis de credibilidad que terminan por hipnotizar a la juventud.



Con cierta antelación me contaron que el nuevo gigante de la industria del entretenimiento, Netflix, filmaría la primera temporada de una historia biográfica sobre mi padre, basada en hechos reales y con ciertas dosis de ficción. De inmediato le pedí a un amigo que vive en Estados Unidos comunicarse con directivos de esa compañía para ofrecerles la posibilidad de contar la mejor versión posible con nuestra colaboración, para enviarle un mensaje inequívoco a la sociedad de que ésa era una historia digna de ser contada pero jamás imitada.
Tras un encuentro con algunos de los representantes de Netflix en Estados Unidos, en el que ofrecimos acceso irrestricto al extenso archivo familiar que retrata con claridad la vida de mi padre, recibimos una tajante respuesta: “No nos interesa, ya conocemos la historia, se la compramos a Javier Peña, agente de la DEA en la época de Escobar y él no está dispuesto a trabajar con la familia”. En otras palabras, Netflix parecía saber mucho más de Pablo Escobar que su viuda y sus hijos, y prefirió quedarse con la versión de un hombre que persiguió a mi padre pero jamás lo conoció.

El episodio me produjo mucha desconfianza frente al contenido de la serie. En septiembre de 2016 vi completa la segunda temporada, ahora titulada Narcos, pues quería saber qué me contarían de nuevo sobre nosotros. Al respecto y después de verla en detalle, encontré serias contradicciones y errores. Por ello sentí que era necesario escribir y publicar un “post” en mi página de Facebook que titulé Narcos 2 y sus 28 quimeras. Hasta ese momento, mi página tenía escasos treinta mil “Me gusta” y mis textos nunca superaban los cien mil lectores, pero todo cambió cuando oprimí el botón “Publicar”: una semana después, la nota había sido leída por más de 1.300.000 personas y los diarios de un gran número de países se hicieron eco de mis críticas con titulares no exentos de dramatismo: “Hijo de Escobar ataca a Netflix”.

Entretanto, en las redes sociales publiqué un mensaje que invitaba a la juventud a no creer en las “verdades” que contaba la serie y a desconfiar del contenido. Parte del texto publicado es el siguiente: “En nombre de mi país y en honor a la verdad real de los hechos acontecidos entre los años ochenta y noventa, me veo en la obligación de exponer los gravísimos errores de una serie que se autoproclama como veraz, cuando dista muchísimo de serlo, insultando así la historia de toda una nación y de muchísimas víctimas y familias:
1. Carlos Henao (q.e.p.d.) era mi tío materno y no narcotraficante, como lo pintan en la serie. De hecho era trabajador, honesto, noble y buen padre de familia. Muy amigo de mi madre. Era vendedor de Biblias, acrílicos y trapeadores. Siempre hablaba de hacer la paz, no la guerra; hablaba de escapar, no de atacar a nadie. Carlos Henao no fue jamás narcotraficante ni vivió en Miami. Fue secuestrado y torturado junto a Francisco Toro, otro hombre inocente. En la serie lo ubicaron en otro tiempo y lugar, e hicieron parecer que su muerte fue producto de un enfrentamiento entre policías y narcos, cuando en realidad su muerte fue una injusticia.

2. Mi padre no era hincha del Atlético Nacional, sino del Deportivo Independiente Medellín.

3. En la serie, a Dandenis Muñoz Mosquera, alias La Quica, lo sitúan en dos lugares al mismo tiempo: permanece al lado de mi padre, cuando en realidad había sido apresado en Nueva York el 24 de septiembre de 1991. Así que cuando mi padre se fugó de la cárcel de La Catedral –julio de 1992–, La Quica llevaba diez meses detenido. En ese país fue condenado a diez cadenas perpetuas por su supuesta participación en el atentado contra un avión de Avianca en noviembre de 1989, en el que murieron 107 personas. El entonces fiscal general de Colombia, Gustavo de Greiff, envió cartas en las que solicitó su libertad porque según él era inocente. La Quica podrá ser culpable de muchos crímenes, pero no del que fue condenado.

4. Sobre el escape de La Catedral, la serie muestra una intensa balacera, pero lo cierto es que no hubo un enfrentamiento tan grande allí; sólo murió un guardián que se enfrentó a quienes entraban por la fuerza. Se muestra varios soldados que le permitieron huir, pero no fue así. La fuga estaba diseñada y preconcebida desde la construcción misma de la cárcel; mi padre ordenó dejar unos ladrillos sueltos en la cerca del perímetro y escapó cuando el gobierno le notificó que lo trasladarían a otro sitio de reclusión.

5. Alvaro de Jesús Agudelo, alias “Limón”, fue conductor de Roberto Escobar, “Osito”, hermano mayor de mi padre, por cerca de veinte años. No se trataba de un aparecido, ni fue reclutado al final de la historia de la familia, como lo muestra la producción. A “Limón” lo conocí como chofer del camión que me subía a La Catedral a ver a mi padre.

6. Tampoco es cierto que los carteles de Medellín y Cali negociaron quedarse con los mercados de Miami y Nueva York como plazas exclusivas para traficar. No era necesario. El mercado era tan grande que no se requería regionalizar el negocio.

7. La CIA no les propuso a los hermanos Fidel y Carlos Castaño crear los Pepes, como aseguran en la producción. Fue en realidad Fidel Castaño quien lo decidió junto a Pablo con la complicidad del Cartel de Cali y las autoridades colombianas.

8. Mi madre jamás compró ni usó un arma. Ella siempre le decía a mi padre que nunca contara con ella para disparar armas. La serie muestra que mi madre tenía miedo y por eso compró supuestamente una pistola, pero eso nunca ocurrió en la vida real.

9. Mi padre no mató personalmente a ningún coronel Carrillo, como identifican en la serie al jefe del Bloque de Búsqueda. Sí ordenó muchos atentados contra la Policía de Colombia.
10. Quienes conocen a fondo la historia saben que mi padre se equivocó gravemente al ordenar la muerte de Gerardo, “Kiko” Moncada y Fernando Galeano, sus socios y prestamistas. Estos dos crímenes serían determinantes en su caída y final. Ellos fueron secuestrados por el Cartel de Cali y para que los liberaran prometieron entregar a mi padre y cortarle toda la ayuda económica. Mi padre y sus hombres descubrieron la traición, así como una caleta con cerca de 20 millones de dólares.

11. Al final de sus días, mi padre estaba solo. No tan rodeado de bandidos como lo muestran, pues casi todos, a excepción de alias “Angelito” y “Chopo”, se habían entregado o estaban muertos. El ejército de delincuentes con los que aparece mi padre había dejado de existir porque ya había perdido todo su poder.

12. La serie nos muestra escondidos todo el tiempo en mansiones, pero en realidad muchas veces vivimos en tugurios con pisos de tierra y a veces sin agua ni luz. Esa manera de mostrar lo que sucedió envía el mensaje de que huir de mansión en mansión no significa sufrir en absoluto. Pero no fue así. En la época posterior a la fuga de La Catedral no hubo tales comodidades. Esas fueron lecciones de vida que me quedaron y me ayudaron a mantener una actitud de paz frente a la vida sin querer repetir la historia de mi padre.

13. La historia del tal “León” de Miami no es como la muestran. No vivió en Estados Unidos y tampoco fue un traidor; por el contrario, fue un hombre fiel y valiente que cayó peleando la guerra en nombre de mi padre. Murió en Medellín luego de que lo secuestraran por orden de los hermanos Castaño.

14. En Narcos muestran a un Pablo Escobar que odia a los habitantes de Cali, pero lo cierto es que jamás amenazó a esa ciudad. Recuerdo que un día expidió un comunicado en el que aclaró que su esposa y parte de su familia eran oriundos de esa región y que por lo tanto no tenía nada en contra de los caleños y vallunos, sino contra algunas personas que vivían allí.

15. Ricardo Prisco Lopera, de la banda de Los Priscos, ya estaba muerto en el momento cronológico en que aparece en la serie. Tampoco fue médico, como mencionan en uno de los capítulos.

16. Mi papá no ordenó atacar a la hija de Gilberto Rodríguez en su boda, con una bomba. En plena guerra de los dos carteles, tanto mi padre como los capos de Cali cumplieron el pacto de no tocar las familias de uno y otro bando. Varios videos decomisados les hicieron pensar a los Rodríguez que mi padre se estaba preparando para golpearlos y ello fue determinante para la detonación de la bomba contra el edificio Mónaco en enero de 1988. La serie pretende forzar situaciones de violencia contra terceros que jamás tuvieron lugar porque mi padre no las ordenó.

17. Mi padre no nos obligó a quedarnos con él en la clandestinidad; él y mi madre siempre pensaron que lo mejor era que nos educáramos para tener oportunidades diferentes a las de ellos. Mi padre sabía bien que a su lado no tendríamos ningún futuro.

18. Narcos muestra que nosotros estuvimos en medio de muchas balaceras, pero en realidad fue sólo una, la de enero de 1987, cuando veníamos hacia Medellín desde la hacienda Nápoles y en el peaje de Cocorná mi padre, Carlos Lehder y tres escoltas se enfrentaron a tiros con agentes del DAS. La balacera fue intensa pero ninguno resultó herido. El episodio completo está contado en mi libro Pablo Escobar, mi padre.

19. Los guionistas sitúan en 1993 los ataques ordenados por mi padre contra drogas La Rebaja, cuando en realidad ocurrieron entre 1988 y 1989.

20. En la vida real me hubiese gustado disfrutar de la versión tan tierna de mi abuela paterna que pintan en la serie. Qué pena decepcionarlos, pero mi abuela Hermilda y mi tío Roberto se aliaron con Los Pepes y colaboraron tan activamente con los enemigos de mi padre que por eso les permitieron seguir viviendo en Colombia.

21. Nuestro fallido viaje a Alemania en noviembre de 1993 está lleno de imprecisiones. Mi abuela paterna no viajó con nosotros a ninguna parte aquella vez, ni estaba escondida con nosotros. Al contrario, ella prefería visitar a su hijo mayor, Roberto, en la cárcel de Itagüí, que a Pablo en la clandestinidad. La única vez que nos visitó meses antes de la muerte de mi padre se le notaba el deseo de no estar con nosotros.

22. La Fiscalía de Colombia tampoco nos quería ayudar tanto como quieren mostrar; y el fiscal De Greiff participó de la encerrona que nos montaron para acorralar a mi padre, como sucedió finalmente. La realidad es que en Residencias Tequendama estábamos en condición de rehenes; éramos dos menores de edad y dos mujeres encerrados en una habitación de hotel. Narcos cubre con un manto de fantasía lo que sucedió y ello dista mucho de lo que en realidad se vio por televisión en aquella época.

23. En la serie muestran a una Virginia Vallejo tan enamorada que hasta rechazaba la plata de mi padre. Dos mentiras en una. Además, plantean que mi madre habló con la presentadora de televisión después de la fuga de mi padre de La Catedral. Lo cierto es que hacía casi una década que mi padre no tenía contacto con Virginia Vallejo porque él decía que ella también era amante de los jefes del Cartel de Cali. Esta mujer nunca fue tan cercana a mi padre, sólo una más en su larga lista de infidelidades.

24. A Residencias Tequendama mi padre no nos envió teléfonos móviles, y mucho menos con Virginia Vallejo. Está probado históricamente que él llamaba al conmutador del hotel, y yo le colgaba cada vez que lo hacía porque estaba violando sus propias reglas de seguridad; por eso él ya no quería hablar conmigo sino con mi madre y con mi hermana, pero se quedaba conversando más tiempo del prudente, a sabiendas de que sería rastreado.

25. Ninguna periodista fue asesinada frente al hotel donde nosotros nos encontrábamos. Eso lo inventó Narcos. El lugar vivía rodeado de periodistas, militares y policías, lo que hacía imposible que algo así pasara allí. Y para rematar, muestran a una Virginia Vallejo muerta, pero en realidad no lo está.

26. Mi padre no maltrató, insultó o humilló a sus padres y mucho menos a Abel, su papá. No existió una conversación en ese tono. Mi padre respetaba a los integrantes de su familia, muy a pesar de la violencia que ejercía de puertas para afuera.

27. Después de la muerte de mi padre, mi mamá fue citada a una cumbre en Cali a la que asistieron más de cuarenta grandes jefes mafiosos del momento. Quien en realidad nos salvó la vida a mi madre y a mí fue Miguel Rodríguez, no Gilberto, su hermano. Como se sabe, en esa reunión los capos nos despojaron de todos los bienes de mi padre a cambio de respetarnos la vida.

28. En uno de los capítulos, mi abuela le reclama a mi madre por traicionar a mi padre. Nada más errado porque en la vida real mi abuela paterna y sus hijos sostuvieron contactos secretos con el Cartel de Cali. Esta traición familiar está ampliamente descrita en mi libro Pablo Escobar, mi padre, donde relato que mi abuela incluso llegó al extremo de negar ante un notario del municipio de La Estrella, el nombre y la existencia de su hijo Pablo Emilio Escobar Gaviria”.

Juan Pablo Escobar


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