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El legado de Bolaño

Viuda salvaje

Escritor canonizado a la altura del mito, el chileno Roberto Bolaño, fallecido en 2003, incendia la hoguera de las vanidades una vez más. El cambio de editorial impulsado por su viuda ha suscitado un viraje en la dirección de una obra que ha modificado para siempre el panorama de la literatura latinoamericana. Nuevos inéditos y reediciones generan fricciones y evidencian un engranaje millonario. Domingo 18 de Diciembre de 2016 00:07 hs.
Hace exactamente un año, la viuda de Roberto Bolaño, Carolina López, decidió poner fin al contrato que mantenía con Editorial Anagrama, por la que el escritor chileno-mexicano-español se hizo famoso en casi todo el mundo, y firmó con Editorial Alfaguara, que desde hace unos años pertenece a la transnacional Penguin Random House. Los libros de Bolaño circularon por el sello español por veinte años, pero algo se rompió entre la viuda y el emblemático editor de Anagrama, Jorge Herralde, aunque no sólo con él, sino también con el amigo de Bolaño, crítico literario español y quien ayudó a editar los títulos que se publicaron póstumamente, Ignacio Echevarría. Según ella, ambos actuaban movidos por “el despecho”. Y así, de un momento a otro, la viuda quiso borrar el pasado editorial de Bolaño y empezar de cero, y así también un nuevo título póstumo vio la luz hace unas semanas, El espíritu de la ciencia ficción, con prólogo del crítico mexicano Cristopher Domínguez Michael.

Sin embargo, como la disputa fue mediática, con acusaciones que iban y venían, la viuda agregaba situaciones irregulares en los contratos de edición: “Mi pérdida de confianza en Herralde se inició en 2008, cuando revisé los contratos. Me percaté de que en 2005 Anagrama había formalizado sin mi autorización un pacto por el cual estábamos pagando comisiones mucho más altas de lo habitual. Si las comisiones rondaban de costumbre el 20%, mis hijos y yo pagábamos entre un 35% y un 55%”. Pero había más: la vigencia de los contratos se prolongaban hasta 2015, ampliando el límite de edición hasta cinco millones de ejemplares. Herralde contestó que desde 2007, es decir un año antes de las suspicacias por los contratos, ya no tenía contacto directo con la viuda, sino a través de agentes literarios (nada menos que el prestigioso estudio de Andrew Wylie, apodado en el mundo literario como “el Chacal”) y abogados. Hace un año se reunieron los involucrados para que la obra de Bolaño continuara en Anagrama, el precio del anticipo ya había sido acordado, pero a las horas de la reunión la viuda firmó contrato con Penguin Random House. “No tengo nada contra Wylie”, dijo Herralde, “ni contra Random House, es una decisión de Carolina López. No hablaré de delirios ni paranoias porque mis conocimientos médicos son realmente insuficientes”. ¿Pero qué fue lo que sucedió?

Los esfuerzos por hacer que el conflicto se redujera a cuestiones meramente profesionales, como planteaba Carolina López (de contratos y formalidades), dan para pensar justamente en lo contrario, es decir, que hubo cuestiones personales detrás. De estas cuestiones ya existían antecedentes. En el libro El hijo de Míster Playa, de la periodista argentina Mónica Maristain, quedan consignadas algunas de estas cuestiones. Maristain fue quien le hizo la última entrevista a Bolaño pero además reunió otras entrevistas al círculo íntimo del escritor en su libro, entre ellas a la última mujer del autor de 2666, que no fue su viuda, sino Carmen Pérez de Vega, quien mantuvo un sorprendente perfil bajo hasta esta entrevista, fechada en 2011. En dicha entrevista, cuenta cómo fue que lo conoció en agosto de 1997 arriba de un tren, cómo fue creciendo su relación y cómo fueron los últimos días de Bolaño en el hospital en el lugar dos de la lista de espera para un trasplante de hígado. Para la época en que se conocieron, Bolaño estaba empezando a corregir la novela que le daría reconocimiento mundial: Los detectives salvajes. Pero lo que más llama la atención de la entrevista es la incomodidad que ella provocaba en Carolina López: “Los amigos de Carolina suelen negar a Carmen y los que conservaron la amistad con Carmen parecen ingresar en una lista negra de López”. Sin ir más lejos, la ocasión que aprovechó Maristain para entrevistar a Pérez de Vega fue la inauguración de una calle en Gerona, en 2011, con el nombre de Bolaño, y a la que la viuda optó finalmente por no asistir.

Con la distancia que dan los años, Maristain cree que en la disputa que mantienen Carolina López y Carmen Pérez no hay cosas subterráneas, lo que hay es “una disputa entre los recuerdos de Bolaño y los recuerdos de Carolina López. Hay una mirada que quiere imponer Carolina y todas las miradas de los demás”. Estos recuerdos, de la una y de la otra, están mediados por dos proyectos de memorias distintos: las que por consejo de Andrew Wylie está escribiendo Carolina, que serían los años de pobreza y anonimato del autor de Estrella distante, y las de Carmen, que serían los años en los que Bolaño se convierte en Bolaño. El hecho de que estas miradas sean complementarias y no divergentes ha producido, según Maristain, una expansión de este legado: “La última novela, El espíritu de la ciencia ficción, viene con un prólogo a cargo de un crítico (un crítico paciano, además) y unas páginas al final con los manuscritos de Bolaño. Está bien para alguien fan, alguien que busque los detalles, las maneras, pero no agrega nada a la obra de Bolaño”. Zanjadas las cuestiones editoriales y de proyección de la obra, quedan sólo las personales, las que esta periodista avecindada desde 2000 en México se refiere de esta manera: “No conozco mucho a Carolina López. Al principio me caía muy dulce y sobre todo en vida de Roberto, hablamos algunas veces de ella. Con respecto a Carmen Pérez de Vega, es un ser luminoso y sabe muchísimo de las novelas de Bolaño. Es como alguien capaz de hablar horas y horas de Bolaño”.

Raúl Silva, periodista y editor mexicano que se ha dedicado a promocionar y a publicar a los poetas infrarrealistas: desde Mario Santiago (el más conocido quizá) hasta Ramón Méndez y Cuauhtémoc Méndez, es consciente de que gracias a Bolaño pudo dar a conocer toda una generación de poetas; de hecho, a Bolaño se le atribuye la etiqueta de infrarrealista. En Los detectives salvajes, el infrarrealismo aparece como realviscerismo y el personaje Ulises Lima claramente está inspirado en el poeta Mario Santiago, el mejor amigo de Bolaño en los tiempos en que vivió en México. Para este editor, este país está en el centro de la vida y de la obra de Bolaño; en los casi ocho años que vivió allí se formó como hombre y también como escritor, con lecturas de autores mexicanos muy reconocibles, como José Revueltas, Efraín Huerta, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Octavio Paz, pero además “las caminatas por la ciudad con sus amigos infrarrealistas sin duda contribuyeron a definir su mundo literario. Bolaño es parte de la literatura mexicana”. De ahí que un crítico mexicano y paceano, como Domínguez Michael, haya escrito el prólogo no le molesta tanto como porque haya sido uno de los que lo negaron en ese país. En cuanto a su legado, afirma que cada familia lo administra como quiere y como puede, pero la obra que construyó para la literatura universal “resplandece y no la mueve ni la moverá el más inmaduro de los inéditos por venir. La literatura tiene sus propios, intrincados y misteriosos caminos, pero requiere de una maquinaria para llegar a sus lectores masivamente, una maquinaria lubricada por el poder del dinero, como casi todo en estos tiempos”.

En 2013, a diez años de su muerte, Carolina López organizó la exposición Archivo Bolaño, que reunió material –cartas, inéditos como El espíritu de la ciencia ficción, cuadernos, mapas, dibujos, fotografías y cientos de páginas escritas a mano– y que recorrió Barcelona, Madrid, Nueva York, Santiago de Chile y por supuesto Buenos Aires. En el catálogo de la exposición, que es casi idéntico al de Barcelona, escriben los escritores españoles Javier Cercas, Enrique Vila-Matas, A.G. Porta, Olvido García Valdés, las editoras estadounidenses Barbara Epler y Valerie Miles, el director argentino de festivales Juan Insúa y la crítica chilena Patricia Espinosa. El texto de Miles, fundadora además de Duomo Ediciones, es muy llamativo porque cada tanto resalta la importancia de Carolina en la muestra: “Carolina López ha organizado y protegido los abundantes materiales que integran el archivo de Roberto Bolaño”, “El archivo de un autor y la memoria viva de su familia son sin duda las fuentes más fiables de investigación”, “Cuando Carolina López me invitó a compartir el proceso de lecturas, quedé impresionada…”. El de Insúa también tiene este tipo de insinuaciones, aunque en un tono menor: “La riqueza del Archivo de los Herederos de Roberto Bolaño –cuya consulta ha sido posible gracias a la generosidad de Carolina López– convierte…”. Y Javier Cercas no lo hace nada mal al invisibilizar a la mujer que lo cuidó hasta su muerte. Cuenta que semanas más tarde de la muerte de Bolaño “su mujer, Carolina, me contó que era verdad que, en los últimos meses, Bolaño ya no escribía”. Mucho más ponderados son Vila-Matas, Epler (su editora en Estados Unidos), García Valdés y Espinosa. La muestra, por así decirlo, con todo su valor, además de acercar a Roberto Bolaño a un público que admira el fetiche, se convirtió en un instrumento de apropiación del legado de Bolaño, de modo que no es de extrañar que a dos años de la muestra la viuda haya roto el contrato con Anagrama.

Desde Chile, pese a que él revolucionó la narrativa del país trasandino, cuesta obtener opiniones, aunque también costó obtener opiniones de escritores argentinos, a los que Bolaño frecuentó. PERFIL contactó a Patricio Pron y a Gonzalo Garcés, quienes manifestaron su disposición pero finalmente, por una u otra razón, no se pudieron concretar las entrevistas.
Fueron los jóvenes quienes precisamente lo admiraron hasta el plagio. A fines de 1999, y con el prestigioso premio Rómulo Gallegos a cuestas, Bolaño fue uno de los invitados de la Feria Internacional del Libro de Santiago, causando gran revuelo. Se paseaba con Pedro Lemebel (en esa época su amigo literario en el país) y sus intervenciones públicas fueron muy ácidas. En El hijo de…, Mónica Maristain entrevista al poeta chileno Jorge Morales, al escritor catalán Ponc Puigdevall y al narrador chileno Rodrigo Díaz Cortez; en un momento se detiene para hablar de los bolañitos, aquellos jóvenes escritores identificados con el autor de El gaucho insufrible, y Morales responde quiénes serían esos jóvenes: Kato Ramone, Alvaro Bisama y Díaz Cortez. Este último desde España, donde reside desde hace muchos años y donde tuvo la posibilidad de conocer a Bolaño, rechaza tal categorización por dos razones: la primera es que el concepto de bolañito “me suena a leer a un solo autor y seguirlo como si se tratara de un profeta. Y esta etiqueta pertenece a la farándula, a un marketing que no tiene nada que ver con la escritura”. Y la segunda es que, pese a que no niega su influencia, “sobre todo en el aspecto de intensidad, de vibrar con un solo de guitarra eléctrica y extenderlo sobre el papel”, le resulta un poco innecesario por eso mismo remarcar la filiación. En cuanto a la disputa que hay entre la viuda, el ex editor e Ignacio Echevarría, prefiere no involucrarse: “No tengo idea de lo que ocurre con una viuda, apenas sobrellevo mis paranoias como para entender otras”.

Alvaro Bisama, director de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales, al igual que Díaz Cortez, prefiere ir más allá de la polémica y centrarse en las características de la obra de Bolaño, que podría definirse “desde cierta hipertrofia, desde el exceso como una poética posible. A mí me interesa desde la idea de que se trata de alguien que estaba escribiendo un solo gran libro, por lo que cada nuevo lanzamiento aporta pistas o señales de ruta a ese enigma falso que su obra supone, así que no es raro que esa expansión sea parte de su obra: son anotaciones, versiones anteriores, ensayos y errores, pruebas”. Algunos han visto en Bolaño la carencia de estilo, o un estilo camaleónico que va mutando según la historia o el libro, Bisama, en cambio, afirma que lo que hizo fue “una amalgama de temas y estilos que viene de muchos lados distintos pero que él cristaliza con un tono propio. Ahí, la fascinación por el mal como concepto, la propia memoria leída como un sacrificio político y las hagiografías de autores menores aparecen en una prosa que siempre está saboteando su propia frase, relativizando lo que narra”.

Más allá de las concepciones sobre su obra, cosa en la que están abocados muchos académicos del mundo, pareciera ser que los narradores chilenos no se atreven a ir más allá de la literatura. Bolaño dio muestras de sobra de esto en sus intervenciones, incluso de las cuestiones que no dominaba mucho, como aquel lamentable ensayo sobre literatura argentina titulado “Derivas de la pesada”, incluido en El secreto del mal, editado por Ignacio Echevarría, edición que ahora fue criticada por Carolina López. Sin embargo, pese a lo lamentable, Bolaño se arriesgaba a la crítica, a la ira, a la admiración y a la copia. La apropiación que hizo de lo latinoamericano, narrativamente, fue algo muy lúcido, sobre todo porque no ocurría algo así desde la época del Boom. En Bolaño, como en pocos escritores, uno puede encontrar novelas vinculadas a distintas tradiciones: chilena, mexicana, argentina. El problema de la disputa por su legado se reduce finalmente a que no está él mismo para dirimirla. Hace rato que su obra está en marcha, y ningún libro póstumo más agregará o quitará algo a eso.

Gonzalo Leon


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