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murio ayer a los 75 años

Ricardo Piglia, el narrador que amó escribir y pensar hasta el último aliento

El escritor falleció a causa de un paro cardíaco. Referente indiscutible de la literatura argentina de las últimas décadas, desde hacía unos años padecía esclerosis lateral amiotrófica. Escriben León, Link y Genovese. Sábado 07 de Enero de 2017 01:47 hs.
Hace un año se daba a conocer que Ricardo Piglia sufría una enfermedad degenerativa llamada esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y que la prepaga a la que estaba afiliado se negaba a pagar el tratamiento con una droga experimental, que era la única que le daba alivio y gracias a la cual presentó una mejoría, como señaló en su momento su pareja, Beba Eguía. La ELA provoca una parálisis muscular progresiva y hace que los pacientes vayan perdiendo peso hasta su muerte, pero gracias a la droga Piglia había ganado peso, por lo que Beba tenía esperanzas: “Para que continúe así, no hay que interrumpir el tratamiento, y por eso necesitamos obtener las dosis que faltan”. Sin embargo, el tratamiento costaba cien mil dólares. Sus amigos empezaron una campaña en Change.org para que la prepaga costeara el tratamiento y se lograron 124 mil firmas, pero como se sabe, las iniciativas de Change.org no son vinculantes ni tienen peso judicial.

La enfermedad no detuvo al Piglia escritor y este año aparecieron dos títulos: Las tres vanguardias (Eterna Cadencia) y la segunda parte de Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama). El primero es un seminario que dictó en la UBA en 1990 y si bien trata de Saer, Puig y Walsh, casi cien páginas están dedicadas a la literatura argentina, estableciendo los ejes por donde se mueve (tradición y vanguardia) y haciendo una caracterización de la novela argentina surgida, según él, a partir de la publicación del Museo de la novela de la Eterna, de Macedonio Fernández. Para Piglia, la tradición no es otra cosa que el contexto en el que se lee y agrega, citando a T.S. Eliot, que no hay escritor que no la tenga. “El debate sobre la tradición”, concluye, “es un debate sobre la poética, sobre el modo en que se define el lugar desde el cual se escribe”. De este modo lectura y escritura se unen. Como contrapartida, la vanguardia “construye una tradición y destruye otra”.

Piglia detectó un fin de ciclo en 1967 con la publicación del Museo de la novela: “Colocar a Macedonio en ese lugar central es replantear los debates sobre la novela que se dan en el presente. Macedonio Fernández es el primero que se propone una teoría de la novela, el primero que tiene conciencia de la necesidad de definir el género”. Este momento o ciclo estaría signado por muchas de las características de esta novela, que se está permanentemente anunciando a través de una serie de prólogos, es decir, es una novela de futuro, que está siempre por llegar y que nunca tiene fin porque no comienza del todo. Esa concepción precisamente la llena de vanguardia. Es lo que Damián Tabarovsky llamó en Literatura de izquierda contracanon.

Piglia no podía dejar de reflexionar o más bien su escritura reflexionaba como si no pudiera expresarse de otro modo. En la segunda entrega de Los diarios de Emilio Renzi escribe algo casi profético, que bien podría haber sido reescrito bajo la influencia de su enfermedad: “Siempre he tenido miedo de pensar hasta el fin, por precaución, ante los efectos que el pensar podría tener en mi cuerpo. Para evitar el dolor, esquivo todo pensamiento de mí”. Pero no puede dejar de pensar y piensa en ese recomienzo que es la vida, en ese despertar de todos los días: “La vida es un impulso hacia lo que todavía no es, y, por lo tanto, detenerse a narrarla es cortar el flujo y salir de la verdad de la experiencia”. No se puede detener el presente para contarlo porque, si lo hiciéramos, ese presente se nos escaparía; contar el presente es como tomar agua con las manos, siempre se nos va a escapar más de lo que tomamos. Y sin embargo, escribió sus Diarios, o más bien los reescribió para suerte nuestra.

Gonzalo Leon


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