Hoteles con fantasmas

Testimonio de la vida fugitiva son los hoteles y sus inquilinos, que cuando son escritores suelen configurar una vasta mitología que trasciende las fronteras. En Hanoi, el hotel Metropole cuenta historias que no han cesado desde la guerra, demostrando, como lo señala Edgardo Cozarinsky, que ahí donde las armas fallan, el capital avanza. El inglés más flemático de todos, Graham Greene, que estuvo en todos lados, tiene también su anecdotario vietnamita. Sábado 10 de Enero de 2015 00:00 hs.

En la tapa de la edición del 7 de abril de 1967 de la revista Life (Nueva York, semanario entre 1936 y 1972), una fotografía de Lee Lockwood registra el momento en que habitantes de Hanoi asoman de bunkers individuales, excavados en la calle para protegerse de los bombardeos norteamericanos. Lo poco que alcanza a verse de una fachada y un alero delata que esos refugios están en la vereda del hotel Metropole, el más tradicional y palaciego de la ciudad.

Hoy el Metropole ha recuperado su lujo y una elegancia basada en la evocación de tiempos idos. En el Vietnam del siglo XXI, el Partido Comunista permanece en el poder y un capitalismo enérgico anima la economía. Casi no se ven viejos en las calles, tal vez porque fueron jóvenes en tiempos de las guerras de independencia y en ellas murieron; en todo caso, el estruendo de las ubicuas motocicletas no impide gozar del encanto amistoso, de esa douceur de vivre que impregna la vida cotidiana de Hanoi. (“la próxima Shanghai” amenazan algunos.) De noche, en las plazas, los entusiastas instalan equipos de audio y muchas parejas bailan salsa y tango.

Como otros hoteles venerables del sudeste asiático, el Metropole de Hanoi rentabiliza el paso lejano de escritores y artistas. Sus salones exponen fotografías y memorabilia de Somerset Maugham, de Noel Coward y, sobre todo, de Graham Greene, que vivió allí durante sus visitas de principios de los años 50 del siglo pasado, cuando cubría para Life y Le Figaro, entre Saigón y Hanoi, los estertores de la Indochina francesa. Después de la batalla de Dien Bien Phu, recordaba, Francia entendió que sus días estaban contados en el sudeste asiático y decidió sin más cerrar esa página de su historia imperial. (Pocos años más tarde también iba a ceder la independencia a Argelia para clausurar una guerra sin futuro.) Los Estados Unidos, con su miopía habitual, tomaron la posta y se embarcaron en una intervención desastrosa de la que iban a huir sin gloria en 1975.

El fantasma de Greene es el más presente en el Metropole porque en aquellos años recogió material para la que iba a ser su mejor novela: El americano impasible. Su simpatía por la guerrilla comunista acaso no fue tan intensa como su antipatía por los norteamericanos; a la ineficacia, a la alianza de soberbia y frivolidad de los franceses dispensa una sonrisa. Más allá de toda política –Greene lo admite en Ways of Escape, el segundo volumen de sus memorias–, se enamoró de inmediato del país y su gente, algo que todo visitante posterior puede entender. (La novela iba a conocer dos adaptaciones al cine. La segunda, la única franca sobre la presencia encubierta de la CIA bajo disfraz de ayuda humanitaria, tuvo la mala suerte de estar lista en septiembre de 2001 y, ante el ataque a las Torres Gemelas, la distribución en los Estados Unidos fue prudentemente postergada durante casi dos años; en la Argentina se estrenó en enero de 2003).
Puede imaginarse la ironía de Greene si visitase el Metropole del siglo XXI. Después de los años de abandono y decadencia mientras el nuevo poder se concentraba en consolidarse y la economía aún estaba dirigida, la reciente apertura al mercado permitió a la cadena francesa Sofitel encargarse de restaurar el hotel y devolverlo a su antiguo esplendor. Como suele ocurrir, donde las armas fallan el capital avanza; en este caso, Francia ha vuelto discretamente a su antigua colonia. El visitante hoy puede descender, curioso, al refugio construido durante los bombardeos, cuando muchos intelectuales y artistas norteamericanos, Mary McCarthy, Susan Sontag y tantos otros, para marcar su disidencia con la guerra librada por su país, hacían un peregrinaje ritual a lo que en tiempos del país dividido era Vietnam del Norte. “Jane Fonda was down there”, informa, orgulloso, un conserje.

El caso del Metropole no es el único. En Tailandia, como en Vietnam, a pesar de la diferencia en la historia reciente de ambos países, esa valorización del pasado halla un reflejo en el Oriental de Bangkok. El hotel luce con orgullo un Authors Lounge, impecablemente blanco, anexo prestigiado por la presencia lejana de Joseph Conrad y otros escritores más recientes: Naipaul, Evtushenko, Theroux. En 1923, Somerset Maugham estuvo a punto de ser expulsado del hotel cuando la dirección se enteró de que padecía un ataque de malaria: “No querían que muriese en una de sus habitaciones”, escribe en The Gentleman in the Parlour, libro de viajes donde relata su periplo en el sudeste asiático.

La palabra gentleman evoca una anécdota si se quiere menos decente, aunque no menos explotable. En el Raffles de Singapur, hoy también resucitado a un esplendor que busca halagar con nostalgia al pasajero en esa ciudad-Estado, la más anónima del sudeste asiático, una noche de aquellos años 20 Noel Coward había invitado a su habitación a un gigoló. En medio de la sesión, sonó el teléfono; el conserje quería saber si el pasajero tenía a un caballero en el cuarto (Is there a gentleman in your room?). Imperturbable, Coward respondió: “No sé, espere un momento, le preguntaré”.


Edgardo Cozarinsky


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