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muestra

El evangelio según Schvartz

“Ojo” es una exhibición que mapea los últimos años de producción de Marcia Schvartz en diálogo con obras de períodos anteriores: dibujos, pinturas, acuarelas y cerámicas. Con curaduría de Roberto Amigo y Gustavo Marrone, se trata de una muestra que no es ni antológica ni retrospectiva, aunque tenga un poco de cada categoría. Domingo 15 de Enero de 2017 05:40 hs.

Entre la literatura de Francisco de Quevedo y los cuadros de Francisco de Goya, Ramón del Valle-Inclán creó casi un género literario para contar la pesadilla de realidad española a comienzos del siglo pasado. Los esperpentos que concibió para su teatro nacieron frente a la vidriera de una ferretería en un callejón madrileño. Un espejo cóncavo y otro convexo deformaban de manera perfecta, uno para un lado y otro para el otro, a quien se animara a mirarse en él. En esa ilusión óptica engendró esos seres grotescos y degradados. Con ese ojo que abusa del contraste y de la mezcla, que distorsiona, se burla, exagera, caricaturiza y alecciona, el autor de Luces de Bohemia propició una mirada anfibia que cruzara letras e imágenes y que sirviera para quienes pudieran volver a ponerla en el centro de la escena. Y la usaran para sus propias vidas y sociedades. Los esperpentos ya estaban esperando quien los viniera a buscar.

Allí fue Marcia Schvartz, según parece, para traer a las salas de la Colección de Arte Amalia de Fortabat una selección extensa de su obra, que, aunque no es una retrospectiva, intuye su largo recorrido en las artes visuales, su técnica personalísima y eso que llamaremos, no sin problemas, “estilo”. En el caso de Schvartz, por lo pronto, inconfundible.

Un corpus que se va haciendo de a saltos por las distintas etapas, por las series, pero sobre todo por estados de ánimo, alto impacto, sacudones frente a muchas de sus piezas. Nada de un arte sosegado y de deleite contemplativo. En Marcia, la furia –muy evidente en el conjunto de las Erinias pero que atraviesa como un viento negro y helado muchas otras piezas– es el motor de su búsqueda estética. El tren fantasma, un grupo de obras de 2014, agita y remueve el delirio alucinado del último gobierno de Perón y la figura de Isabelita. Una pintura desaforada. Menos como salida de cauce, ya que el control que ejerce es absoluto, como una reina o una bruja, que libre y subversiva. Pinta lo que se le canta, diríamos en jerga tan afín a la lengua del esperpento.

Donde pone el ojo, Marcia Schvartz pone la bala. De puntería perfecta, la artista asesta los golpes exactos al centro del sistema del arte. Preparándose para Arteva, Rezo obsceno y La zorra son especies de retablos pop, abigarrados en forma y contenido. Denuncian, en su modo de ver, la futilidad y la frivolización del arte en tanto mercado y farándula.

Este gesto encuentra en las salas de la Colección Fortabat, a orillas del dique del connotado Puerto Madero, una caja de resonancia perfecta. De ambos lados, tanto la artista como el museo, se permiten exhibir, como en ningún otro lado, la fuerza de la crítica, el ademán de la denuncia. Lejos de neutralizarla, la institución replica de un modo inteligente y experto la exposición de principios de Marcia. Se le ofrece, la contiene, la libera. La inscribe en la delicada relación entre el artista y los acaudalados, en tanto mecenas modernos de artistas de fuerte presencia ideológica. Hace pensar en Diego Rivera y Rockefeller, en Botana y Siqueiros, menos como comparaciones directas y precisas que como ese arreglo tironeado entre poderosos de diferentes campos.

Pero en este caso le agrega algo más. Basta ver la primera sala familiar de la exposición permanente de la Colección que, si bien no forma parte de la muestra en cuestión, resulta ideal para atar estas ideas: el cuadro de Amalita pintado por Andy Warhol, la foto de Aldo Sessa de su hija Inés Lafuente, los retratos de Antonio Berni de los nietos de la millonaria. Por un lado, frente a las pinturas de Marcia de los entrañables desnudos de mujeres de pieles marrones, rockeros de segunda y marginales sobre arpillera, los retratos familiares resultan el envés perfecto. La contracara de lo que le importa a esta artista. Por el otro, Schvartz precisa de esa clase: la clase alta y sus mohínes, sus caprichos y excentricidades. La cita y la recorta de las revistas de actualidad. La pone frente al espejo de su ojo, que tiene el poder de lo cóncavo y lo convexo.


Ojo

Curada por Roberto Amigo y Gustavo Marrone

Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat

Olga Cossettini 141

De martes a domingo de 12 a 20

Hasta el 22 de enero


Laura Isola


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