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JUAN RULFO: 100 AÑOS

El arte que nace del enigma

Se cumplen cien años del nacimiento del escritor y fotógrafo mexicano Juan Rulfo, autor de dos obras maestras que impactaron en la literatura universal, ‘Pedro Paramo’ y ‘El llano en llamas’. Mesas criticas sobre su obra, performance, proyecciones y una exposicion son parte de lo que podra disfrutarse en buenos aires a partir del martes, dentro de la Semana Rulfo. Domingo 14 de Mayo de 2017 01:51 hs.

A  lo largo del siglo pasado –y en los casi veinte años que van del corriente– pocas obras han sido tan leídas, no leídas, leídas de oreja, copiadas, ignoradas, alabadas, denostadas y cercadas como las de Juan Rulfo. Los motivos son ambiguos y ciertamente contradictorios, porque proponen elegir, de inicio, un modelo de Rulfo para armar o desarmar: el silencioso, el silenciado, el genio lacónico, el del oído absoluto, el precursor del Boom, el damnificado del Boom, el personaje de ficción, el personaje de su propia obra, el provinciano que tocó la flauta, el agente encubierto de la CIA, el gomero, el corregido por el poeta Alí Chumacero, el editado por Juan José Arreola, el que no pudo escribir más, el que no quiso escribir más, el que escribió a través de una cámara de fotos, etcétera. Encajonarlo, pues, con alguna plantilla lapidaria que impida leerlo más allá de esta demarcación. Este año centenario la excrecencia insiste y permanece. Pero transita en un solo sentido: el de nuestras omisiones. Sagacidades, llanezas, luces nuevas investigadas con rigor o rehechuras de lo previo, la parcela de las letras insiste en ignorar a quienes no participan de las veleidades de la apropiación. No nos engañemos: los homenajes, suplementos dedicados y sainetes varios transitarán sin goce ni dolo, o doliendo a muy pocos. La única no convidada a esta fiesta es, irónicamente, esa voz que Rulfo supo deslindar de los afanes explicativos y profesoriles que la novela de la revolución mexicana caricaturizó por no entenderla o no querer entenderla fuera del contexto, donde, en efecto, y tal y como nos lo ha hecho saber la ficción, su función de comparsa literaria es tan sólo un reflejo de su destino histórico. Una voz que Rulfo descifró y decía comprender por encima de la de las élites letradas que hoy se disputan en México, con razón o sin ella, da lo mismo, una tenencia que se niega a sí misma desde su propia fórmula. Porque Rulfo es inasible en el mejor de los sentidos, y si la mejor celebración de este centenario es la lectura y relectura de su obra, tal y como pregona la burocracia cultural, no podemos dejar pasar por alto que esa lectura a la que se apunta es tan arbitraria como acomodaticia, en tanto condición de mercancía.

En un texto dedicado a Antonio Di Benedetto e incluido en El concepto de ficción, Juan José Saer opone las ideas de expectativa pública y el consenso de ideas y formas dadas, a la de una experiencia lectora auténtica, de reconocimiento complejo interno: “Recordando una ironía que Goethe aplicó a los liberales, podríamos decir que a muchos escritores las cosas les resultan fáciles hoy en día, porque el público entero les sirve de suplente. Ni una sola frase estampan que sus lectores no hayan plebiscitado de antemano”. En esa resistencia frente a los aparatos masivos de reproducción y de actualidad mercantil coinciden las literaturas de Di Benedetto y de Rulfo: la búsqueda de un lenguaje que oscila entre la contención de la potencia poética que propone una experiencia corporal y la de cierta prosa común pero igualmente oral, matizada de cierto coloquialismo en espiral que lo dota de propiedades vehiculares. Y a pesar de que uno escribió su obra cumbre en “un mes de licencia” y el otro jamás dejó de terminarla, la renuncia a transitar por otro tiempo que el tiempo en sí, encalla en la violencia más descarnada, la de la espera y el silencio, nuestro destino universal. Y entre esos murmullos se distingue uno de los orígenes de esta tristeza: que todos formamos parte de esa misma promesa condenada a no cumplirse.

A diferencia de lo que ocurrió con la salida de Zama en 1956 (y cuyo lugar en las letras universales parece al fin aclararse), la publicación de Pedro Páramo, un año antes, contó desde el inicio con infinidad de comentarios y glosistas. Dos obras fechadas y sin tiempo. Curiosamente, el secreto a voces y el flamante regenerador de la novela latinoamericana toparon con bordes similares, deudores directos de la tasación binaria de la cultura contemporánea y sus medios: un par de ideas preconcebidas y repetidas hasta el cansancio que lejos de proponer distintas formas de lectura, no han hecho sino estancar esas hipotéticas vías en la entelequia de la opinión pública.

Uno de los lugares comunes más concurridos donde despeñan los comentaristas cuando alegan su importancia y permanencia en las letras de cualquier denominación geográfica o solar, está ligado a la distancia: a contar las páginas que escribió y le “bastaron” para hacerse inmortal en el ancho espacio de apenas dos libros publicados en vida. Las cuentas no salen, porque, en principio, Juan Rulfo publicó cuatro: suelen olvidarse, con mucha más frecuencia de lo que nos gustaría, la novela corta El gallo de oro (quizá porque se publicó tarde, en 1980, bajo la forma de un guión cinematográfico) o de su libro de fotografías, La arquitectura en México. En segundo lugar, esta idea del ejercicio escritural está unida, tristemente, al proceso editorial como si se trataran de la misma cosa. Esta imagen del silencio astuto de Rulfo, del hombre vanidoso que se negaba a escribir por considerar imposible alcanzar las alturas de su obra maestra, es insolvente y tramposa, quizá adjudicada a otro lugar común, el de la fábula de Augusto Monterroso sobre la zorra que escribió dos libros y que probablemente ni siquiera esté vinculada al propio Juan, pues no existen pruebas irrefutables al respecto. Así, se omite algo fundamental en la obra de Rulfo, la escritura del texto ausente: el misterio de lo que ya no está escrito pero sirvió como andamiaje de lo que permanece visible. Otra presencia física imaginada y basada, más que en el pulimento, en cierta reacción corpórea, similar a la de los miembros fantasma en los amputados. Alguna vez, el escritor mexicano Daniel Sada mencionó en una conversación con Víctor Jiménez (uno de los mejores lectores y más destacados divulgadores de Rulfo) que la obra de Juan, igual que la razón fundamental del arte, se mantenía viva por ese misterio, porque trataba de preservar el enigma de su propia concepción: “El arte nace de un enigma  y no necesariamente es una aclaración de las cosas”.

Sólo agregar una cosa, personalísima, al respecto de un enigma mayor. Con Rulfo muchos conocimos por primera vez la grave tristeza de ser mexicano. Quiero decir: sentimos el despliegue físico de una hondura ya intuida. El ruido ese de un pueblo fundado en el silencio, del que se es parte por haber nacido partido, sin el alegato nacionalista que la operación podría insinuar. Esto lo pongo en palabras ahora, aunque la indagación en esa violencia natal, sin otro origen que lo meramente humano, pesa como una losa impalpable desde el nacimiento, en la región, en el paisito, en el mundo: en las arengas marciales de los actos escolares que volvían más tristes las mañanas de los lunes, o en el asesinato a traición del candidato a presidente del PRI Luis Donaldo Colosio en 1994 y su asesino, repetidos hasta la náusea en las pantallas dedicadas a educar al pueblo mexicano. Sigo sin saber qué significa ser mexicano, o si acaso puede significar algo, cualquier cosa, pero ese sótano del cuerpo llegó por primera vez cuando leí Nos han dado la tierra, cuento de El llano en llamas. Lo leí incrédulo una y otra vez, sin avanzar más allá de los lindes que sellaban los ladridos de los perros. No hay sombra de árbol, ni semilla de árbol, ni raíz de nada. Pero a lo lejos escuchamos el ladrido de los perros. Nunca había sentido tanta tristeza. Y entró, de una, por el sonido. Tuve que volver y volver de nuevo para sopesar ese eco hasta gastarlo por completo y aprender una nueva forma de escuchar. Las palabras sencillas del relato poseen un sonido mientras caen y otro, muy distinto cuando ya han caído. Eso sucede cuando vuelvo a él: cada vez es la primera. En ese caso, todo mexicano sería rulfiano, aunque no lo sepa. O aunque lo sepa y reniegue de ello. No hay que interpretarlo sólo como acento de lisonja ni mucho menos como un intento fallido más de indagar en la “radiografía de idiosincrasia mexicana”. De ahí proviene su carácter universal. Lo más curioso es que de ninguna manera Rulfo pensó en la totalidad como registro. No pretende ni consigue definir lo mexicano, en caso de que tal cosa exista. Lo rulfiano habría que buscarlo no en Rulfo directamente, sino en sus días, que son en los nuestros. En el contexto en que se acuñó y en el cenicero que nos ha quedado desde entonces. Lo rulfiano es anterior a Rulfo y a lo mexicano.


Semana Rulfo
El Fondo de Cultura Económica, la librería Eterna Cadencia (que publicó en nuestro país la Obra Reunida de Rulfo), la Biblioteca Nacional y la Embajada de México invitan a la #SemanaRulfo en honor al centenario del escritor, fotógrafo y guionista, que comprende mesas, performance y proyecciones. Todas las actividades son con entrada gratuita.

El martes a las 19.30 en el Centro Cultural Arnaldo Orfila Reynal, se llevará a cabo la mesa “Figuraciones de una obra: Rulfo y la imagen”, con la participación de Ezequiel de Russo, Nicolás Prividera y Azucena Losana, quien presentará la performance audivisual Talpa. En Costa Rica 4568.

El viernes a  las 19 en la librería Eterna Cadencia se presentará la mesa “Rulfo desde el presente de la literatura latinoamericana”, con la participación de Liliana Colanzi, Federico Falco y Rodrigo Márquez Tizano. Honduras 5574.

El jueves a las 19 en el Auditorio Jorge L. Borges de la Biblioteca Nacional se llevará a cabo la proyección de la película Purgatorio: relatos de Rulfo, del director Roberto Rochín. Con entrada libre y gratuita hasta llenar la capacidad de la sala.

Actualmente puede visitarse, también en la Biblioteca Nacional, la muestra “Juan Rulfo. En la tierra de las voces”, de 9 a 21. En Agüero 2502.


Luz entre las sombras

Rafael Toriz

Aunque conocida y reconocida como una actividad paralela a su vida de escritor, apenas ahora empieza a valorarse con autonomía y desde la crítica especializada la obra de Juan Rulfo como fotógrafo; práctica que desarrolló incluso antes de debutar como escritor y por la que era reconocido entre el gremio de fotógrafos mexicanos. No es casual que Susan Sontag expresara al conocer sus imágenes: “Rulfo es el mejor fotógrafo que he conocido en Latinoamérica”.

La excentricidad de Rulfo, que robustece su personalidad literaria y ayuda a dimensionar su verdadera estatura como creador, es categórica en varios sentidos. Protagonista taciturno del siglo de oro de la literatura mexicana, Rulfo fue un lector atento de la literatura argentina, que le gustaba más que la mexicana, pero de acuerdo con sus palabras “es en el Brasil donde encuentro que está la más importante narrativa de toda América, por encima aun de los Estados Unidos. Graciliano Ramos, Adonais Filho, Nélida Piñón, Autran Dorado, Eric Nepomuceno, Rubem Fonseca y sobre todo Clarice Lispector y el gran Guimarães Rosa”.

La relación de Rulfo con la fotografía fue constante y variada durante toda su vida, y por lo tanto merece ser analizada en sus propios términos, que exceden los linderos del arte para tocar una disciplina y una sensiblidad que lo habitaba, que es la antropología (Rulfo trabajó durante más de veinte años en el Instituto Nacional Indigenista, donde llegaría a estar a cargo del Departamento de Publicaciones, realizando un trabajo de primera, poco conocido todavía, pero orientado en esta dirección: “No soy un profeta, pero creo que nuestro país seguirá siendo por muchos años un país de muchas lenguas, de muchas culturas diferentes, de costumbres y mitos maravillosos. En los indios hay algo distinto, algo nuevo y muy viejo que no hemos logrado valorar ni aprovechar debidamente”); circunstancia feliz que lo vincula con otro autor superlativo en su misma sintonía: el peruano José María Arguedas.

En 1954, un año antes de que se publique Pedro Páramo, Rulfo forma parte de un proyecto para fotografiar la zona de ferrocarriles al norte de la ciudad de México, justo antes de que se construyera en esos terrenos baldíos el faraónico complejo habitacional Nonoalco-Tlateloloco, lo que volverá sus fotos únicas no sólo por su valor artístico sino también por su carácter documental: por una razón o por otra, las obras de Rulfo están encaminadas a dar cuenta de mundos desaparecidos y visiones espectrales luego de la destrucción despiadada de la realidad que los precede. Testimonio de este período es la publicación póstuma del libro En los ferrocarriles, ochenta imágenes con textos a cargo de varios especialistas.

Posteriomente, en 1960, haría una pequeña exposición de su trabajo como fotógrafo en la Casa de Cultura de Guadalajara, con alrededor de una veintena de imágenes que se conservan hasta la fecha (además de más de 6 mil negativos en poder del archivo de la Fundación Rulfo) y finalmente en 1980 se realizará en el Palacio de Bellas Artes la muestra Homenaje Nacional con más de cien imágenes que daría ocasión al catálogo del mismo nombre y al libro Inframundo, con textos de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatoswka y Fernando Benítez. A su muerte en 1986, se sucederían exposiciones por las principales ciudades del planeta.

Es indudable que el vasto conocmiento de México de Rulfo –trabajó como vendedor de neumáticos para la empresa Goodrich Euzkadi– se nutre no sólo de su extraordinaria capacidad de observación y sensiblidad fuera de serie ante el entorno que conoció de arriba abajo andando tierra, sino también a sus talentos evidentes con el oído y con el ojo. La observación participante de Rulfo destaca en los campos que cultivó como ningún otro artista mexicano del siglo pasado, representando la realidad de un país complejo, doloroso y fascinante, que se entrega en todo su esplendor a los espíritus más conspicuos. Los diversos Méxicos representados, transfigurados o inexistentes de Juan Rulfo –ya sea desde la foto, la literatura o la antropología– fundan su propia autonomía no sólo por la pericia técnica y voluntad de estilo de su realizador: sus fotos inauguran una nueva manera de leerlo a la luz de una luna universal, que recorta las sombras que seremos en esta tierra donde tanto nos parecemos entre todos y con nadie.


Rodrigo Márquez Tizano


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