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Visiones subterráneas

Se decidió en estos días que la estación final de la línea B de subterráneos pase a llamarse Juan Manuel de Rosas-Justo José de Urquiza. Viernes 30 de Diciembre de 2016 03:49 hs.

Se decidió en estos días que la estación final de la línea B de subterráneos pase a llamarse Juan Manuel de Rosas-Justo José de Urquiza. ¿Qué se proponen expresar con esta doble nominación? Ni más ni menos que lo siguiente: la anhelada unión nacional, la supresión definitiva de las antinomias vernáculas. Debo admitir, sin embargo, que a mí Rosas-Urquiza me suena más bien como Firpo-Dempsey, como Prada-Gatica, como Monzón-Benvenuti: el anuncio de una pelea. Una pelea que, borgeanamente, habiendo sido, no deja de acontecer.

Así, si en el norte de la ciudad esa estación de subte intentará porfiadamente la reconciliación, desde el sur, en el flameante trazado de la línea H, otra estación por su parte responde: “Caseros”. Y nos recuerda, de ese sencillo modo, que la historia muy a menudo se trama con conflictos que se asumen y se dirimen, y no con forzadas junturas, impostadas y encubridoras. El farmer, de Andrés Rivera, Jauría, de David Viñas, y Las actas del juicio, de Ricardo Piglia, no están diciendo otra cosa.

Convendría tomar en cuenta, además, según creo, que la demorada repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas, su debut estelar en los billetes argentinos, su acceso a nombres de calles y avenidas, no se debió tan sólo a un triunfo historiográfico del obstinado revisionismo. Fue un recurso al que apeló Carlos Menem para legitimar la indignidad de los indultos. Lo que prueba, en definitiva, que hay antagonismos que nos mejoran y uniones que nos rebajan.



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