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opinión

Sin hipocresía

Es culpa de ejecutivos y gremialistas no lograr adecuar la planta al tamaño necesario para seguir produciendo. Sábado 15 de Julio de 2017 01:18 hs.

En el programa de Navarro en radio su humorista –con acertada ironía– propuso trabajar gratis para que así los capitales quieran venir a Argentina y haya lluvia de inversiones como busca Macri. El problema es que si nadie cobrara por su trabajo no podría ser consumidor y tampoco los inversores querrían venir a un país sin mercado. Pero vale como teorema del absurdo la ironía del humorista de Navarro y también sirve para reflejar la utopía hermana: aumentemos los sueldos infinitamente para que también aumente el consumo infinitamente.

Con cada fábrica que pasó a cooperativa o es reemplazada por otra de lo mismo con menos costo, pierden todos

En la economía, como en tantos otros campos de la vida, hay una homeostasis, un equilibrio: en el caso específico de la producción privada no hay empleados sin empresas, ni empresas si pierden dinero sostenidamente. Esa homeostasis no es solo nacional, ni solo de la producción. Por ejemplo: si nuestras normas son favorables a la inmigración y la relación salarios/costo de vida en los países vecinos es peor que en Argentina, vendrán trabajadores de los países vecinos hasta que la relación se equilibre. Fue lo que sucedió durante los últimos 50 años, comenzando cuando Argentina tenía una relación salarios/costos de vida tanto mejor que en los países vecinos y con los años (no solo por eso) se fue emparejando: los salarios siguen siendo más altos pero los costos de los productos también, reduciendo la ventaja en calidad de vida que Argentina tuvo a mediados del siglo pasado cuando la irrupción del peronismo y los sindicatos crearon un país con mayoría de clase media.

La demografía –internacional y nacional– no es lo suficientemente tenida en cuenta en los análisis, el Gran Buenos Aires en la época de la primera presidencia de Perón tenía alrededor de 4 millones de habitantes y hoy son 16 millones. Se multiplicó por cuatro en sesenta años mientras que el total de la población del país se multiplicó por 2,7. Nos sorprende que los resultados de los alumnos de las escuelas rurales sean mejores que los de muchas escuelas del Conurbano solo porque no prestamos atención al factor de la inmigración interna.  

El aumento de la población no es malo, hizo grande a Estados Unidos, pero requiere adaptarse a los cambios que produce. El mismo modelo sindical peronista de mediados del siglo pasado, que generó mejoras en la calidad de vida, produce estancamiento en un siglo XXI atravesado por la globalización. Es indiscutible que los sueldos y la calidad de vida en toda América y Europa comenzaron a reducirse a partir de la caída del Muro de Berlín. Y por lo mismo –el fin del comunismo– aumentaron en China. Muy simplificadamente: 1.200 millones de personas en América y Europa perdieron parte de sus salarios o poder de compra y otros 1.200 millones en China ganaron mucho más. Responder a los desafíos del siglo XXI con técnicas del pasado, tanto sea con nacionalismo o con lucha de clases, aún con las mejores intenciones, logra el resultado contrario al buscado. Esto no implica abdicar de la lucha por crear más y mejor empleo sino ser serios para lograrlo.  

Más allá de sus particulares, el caso Pepsico comparte similitudes con varias otras plantas que se cerraron porque no se les permitió adaptarse a las necesidades de productividad que les permitieran seguir siendo competitivas con otras plantas. El mejor ejemplo son los casos extremos donde sus dueños abandonan directamente las empresas que continúan como cooperativas, pasando la cantidad de empleados y los salarios percibidos a ser menores, pero demostrando que las plantas podían seguir aceptando adecuarse a las posibilidades de competencia de cada momento. No haber podido adaptar la estructura a las condiciones de competitividad no es culpa sola de ninguna de las partes, es un fracaso tanto de los empresarios como de los sindicatos, ambos destruyendo valor propio. Igualmente, que cada empresa continúe dando empleo, también es un triunfo de trabajadores y accionistas.

Si más allá del fenómeno de la demografía mundial (tres veces aumentó la población en las últimas seis décadas), pasáramos a la amenaza de los robots sustituyendo el trabajo humano sin ninguna regulación, se haría realidad la ironía del humorista del programa de radio de Navarro: los robots trabajan gratis pero el problema será que después no compran los productos que fabrican otros robots.
Uno de los tres titulares de la CGT, Héctor Daer (del gremio de Sanidad, hermano del vapuleado  Rodolfo Daer de Alimentación), tras el desalojo de Pepsico, dijo: “Esto no sólo se resuelve con medidas gremiales sino que se resuelve con el voto”. Tomar una fábrica es una medida comprensible en la desesperación de quien necesita ese trabajo pero, más tarde o más temprano, será irreversible la adecuación de los costos de la producción a la competencia de otros fabricantes de los mismos productos.

A escala individual y general, no es casual que coincida la cantidad de personas que van de compras personales a Chile con que la propia Pepsico importe de Chile los productos que deja de producir en la planta que cerró hasta –eso dicen– que amplíe su otra fábrica en Argentina, la que sería más productiva que la que cerró en el Gran Buenos Aires.

En Chile los sueldos son menores pero también los productos son menos costosos, haciendo que ya no haya mayor calidad de vida en Argentina que en nuestro vecino. Por eso, desde hace ya varios años no hay más inmigración masiva de Chile hacia Argentina como sí había algunas décadas atrás. 

Es culpa de ejecutivos y gremialistas no lograr adecuar la planta al tamaño necesario para seguir produciendo

Brasil, que por cuestiones idiomáticas nunca resolvió sus problemas de falta de trabajo interno enviando inmigrantes a sus vecinos hispanoparlantes, acaba de aprobar su reforma laboral profunda. Como es el principal socio comercial de Argentina y somos el otro país del Mercosur con gran población y necesidad de tener industrias (no así Uruguay y Paraguay), seremos los más afectados por su reforma laboral.

Se precisará mucha creatividad y esfuerzo conjunto para generar empleo y mejorar la vida de todos. El uso político de situaciones como las de Pepsico, tanto del Gobierno mostrando su determinación como de la oposición criticando con hipocresía, contribuye más al problema que a la solución. Para crear empleo sustentable también será necesario cerrar la grieta y dejar de vernos como enemigos.



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