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Macri: el hecho maldito del peronismo

Encontrar un colirio para la ceguera transitoria de ayer y de hoy sería un gesto de madurez, una merecida reivindicación del pensamiento crítico. Domingo 08 de Octubre de 2017 01:18 hs.

Para un intelectual, el sentido crítico es la vacuna contra el sentidocomunismo, ese doblez social en el que el lugar común aplasta a la razón crítica. Sin embargo, durante el kirchnerismo, algunos de los más prestigiosos intelectuales cayeron en esa tentación. A ellos, ese lugar tan común como acrítico los llevó a convertirse en justificadores seriales. En pos de justificar todo, opacaron incluso la justificación lógica de lo que se hizo bien.

Sentidocomunismo + grieta. A esa cerrazón intelectual la grieta le sentó bien, porque en el reino del sentidocomunismo los grises no existen, los pensamientos simples se simplifican más y el objetivo termina siendo confirmar lo que ya se pensaba y esforzarse por de-sacreditar el pensamiento del otro. Ese otro es tan incomprensible que hasta dice que el otro somos nosotros.

El kirchnerismo convenció a muchos intelectuales de algo que jamás hubieran creído que podían creer: el verdadero poder en esa Argentina no estaba en manos de quien conducía el Poder Ejecutivo, ni el que poseía mayoría en el Legislativo y control sobre el Judicial. No estaba en el que poseía una red de medios oficialistas inédita, manejaba las Fuerzas Armadas, las de seguridad, los servicios de Inteligencia, los inspectores de la AFIP o la presidencia del Banco Central.

No, el verdadero poder estaba afuera: en el Fondo Monetario, el presidente Bush o (en la última mitad) la corpo mediática. Hacia allí debía ir el sentido crítico del intelectual K. Ni siquiera a reflexionar sobre por qué, si era cierto tal despoder tras doce años, no había alguna responsabilidad en quienes ocuparon tanto tiempo la Casa Rosada.

La pérdida del sentido crítico hizo que se celebrara como un triunfo revolucionario el pago al FMI del total de la deuda, aunque durante años se la calificara de ilegítima e impagable. Se olvidara preguntar por qué si Bush era el Mal, Néstor le dijo: “No se preocupe, somos peronistas”. O por qué si la corpo mediática era nefasta, durante años se la trató tan bien.

¿Por qué se pierde el sentido crítico? ¿Por comodidad, convicción, seducción, conveniencia, miedo a ser políticamente incorrecto? Si perder la capacidad crítica es un problema para cualquiera, para un intelectual es perder su razón de ser. Razón crítica en sentido kantiano, de indagación trascendente. No como sinónimo opositor sino como esfuerzo racional por analizar si lo que todos dicen que es en realidad es.

Macri, enemigo perfecto. Imagínense cuando esa intelectualidad recibió la noticia de que debía enfrentar a Macri en las presidenciales de 2015. Qué fácil habrá sido sumar dos más dos. Macri, el candidato de los ricos, la derecha reaccionaria, heredero de la dictadura y de las prebendas empresarias, alumno ejemplar del neoliberalismo. Desde que llegó al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en 2007, supieron eso. Lo supieron hasta esta semana.

Nada hacía ruido en esa descripción. Ni siquiera que hubiera encabezado la administración porteña que más intervino con el Estado en el espacio público, privilegiando como nunca el transporte público por sobre el privado, por más lujoso que fuera. O que hubiera sido quien le otorgara al Estado porteño la potestad de la seguridad pública creando su propia policía. Acertado o no, medidas más intervencionistas que las que osó cualquier peronista.

Ya de presidente, cual peronista también, amplió los planes sociales, pagó los históricos juicios jubilatorios e hizo de las obras públicas en los barrios carenciados una bandera política. Pero hasta esta semana, nada de eso instó a aquellos intelectuales a preguntarse si estaban en presencia de un ejemplar raro.

No para elogiarlo, sino para sumergirse en el análisis crítico de un fenómeno político que, diez años después de nacer, llegó al poder. Para cuestionarse, por ejemplo, cómo y por qué el que gobierna para los más ricos conseguía votos de los más pobres y ganaba en sus barrios. Primero en Capital y desde 2015 en otras provincias. Como esos intelectuales no responderían que los pobres son imbéciles (como lo hacen algunos del otro lado de la grieta para explicar por qué esos sectores votaron siempre al peronismo o colman las marchas que organizan sus líderes), quizá lo mejor era no preguntarse nada.

Todo estaba en su lugar, en el lugar de la no crítica, hasta las PASO. En estos comicios, el macrismo se confirmó territorialmente como la primera fuerza del país, ganando provincias y más municipios pobres de los que ya había conquistado. Y en los que perdió, en ese Conurbano infinito que sigue fiel al peronismo, obtuvo más votos que antes. El caso más notorio es La Matanza: Cristina perdió siete puntos en comparación con Aníbal Fernández dos años atrás, y Bullrich obtuvo cinco puntos más que Vidal.

Macri, de enemigo a ¿compañero? Pero esta semana, diez años después de que Macri llegara a la jefatura porteña, uno de los pensadores que más le puso el cerebro al kirchnerismo comenzó a dudar. “El macrismo se peronizó, nos sorprendió”, dijo Horacio González, ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los intelectuales más honestos.

Reveló el hallazgo tardío de la cantidad de peronistas del macrismo (Monzó, Ritondo, Telerman, Frigerio, Santilli, Triaca, etc.), y sembró dudas sobre qué tan neoliberal es Macri: “Con la expresión neoliberal nos acercamos bastante, pero faltaría explicar fenómenos colindantes, como la fuerte aceptación popular que tiene. La pareja de opuestos populismo-liberalismo quería decir algo en años pasados, ahora eso cambió”. También definió al macrismo como “un movimiento con mucha capacidad de absorción entre radicales, conservadores, peronistas y antiperonistas” y le reconoció una habilidad que “nos sorprendió”.

Y en pos de seguir exponiendo dudas que otros intelectuales cercanos al kirchnerismo no habían expuesto, llegó a la corrupción, incluyendo la del ex secretario de Obras Públicas José López: “Un funcionario muy sensible del Gobierno, que hizo las mayores construcciones del país. Eso (los bolsos con los millones) compromete a todo un partido político”.

Dudar es peligroso, nunca se sabe cómo concluye la experiencia. Se empieza dudando de qué tan malo es Macri y se puede terminar sospechando de qué tan buena es ella o qué tan equivocado está uno. Si el peronismo fue “el hecho maldito del país burgués”, como decía Cooke, ahora el peronismo encontró en Macri su propia maldición.

Ceguera transitoria. Macri se construyó como representación de un entrecruzamiento social que refleja a sectores altos y bajos. Se asemeja en eso al peronismo, pero siendo más fuerte en los primeros que en los segundos e incluyendo a importantes sectores medios. El, hijo bastardo de la alta burguesía (el “hijo del tano rico” que desentonaba en el Newman) y ex presidente del club más popular de la Argentina, se fue perfilando como un candidato adecuado para una mayoría posmoderna que duda de los estereotipos, los partidos tradicionales y las verdades anteriores.

Fue esa nueva mayoría circunstancial la que construyó al macrismo y la que celebra su pragmatismo, heterodoxia económica, ideología light, falta de historia y de léxico político y su cuidada informalidad gestual. Son ricos, pobres, comerciantes, profesionales, que creen que el futuro será mejor. Como otros antes, sienten el derecho de anestesiar su crítica en pos de una entendible esperanza.

El punto no está en ellos, sino en quienes ejercen profesiones cuya obligación es la de cuestionar y cuestionarse, más allá de las corrientes mayoritarias de cada época. Los que sufren ese tipo de ceguera transitoria no pierden la vista, pierden lo que no quieren ver.

Hoy, mientras algunos recuperan la visión, otros caen en la misma ceguera de describir una realidad amañada en la que el único esfuerzo crítico está destinado al pasado y, en particular, al kirchnerismo. En lugar de analizar con el mismo sentido crítico este experimento espectacular que significa el macrismo, con sus claroscuros, contradicciones, con una gestión capaz de ganar elecciones pero no de terminar aún con la crisis, amante voluntario de una grieta cortoplacista.

¿Habrá un colirio para ese tipo de ceguera transitoria de ayer y de hoy?

Encontrarlo sería un gesto de madurez, una merecida reivindicación del pensamiento crítico.



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